Lic. Arturo Prins

Lic. Arturo Prins
Lic. Arturo Prins

Las empresas Gacela

Arturo Prins 
Director Ejecutivo de la Fundación Sales

Hace unas décadas, el investigador David Birch, del Massachusetts Institute of Technology (MIT), realizó un estudio donde constató que gran parte del empleo laboral en los Estados Unidos era generado por empresas a las que llamó de Alto Crecimiento, pues eran capaces de crecer mucho en poco tiempo: aproximadamente un 75% en tres años. Los estudios de Birch hicieron que otros países se interesaran en el tema y comenzaran a medir a estas empresas. Primero se las diferenció: se denominó Gacela a las más jóvenes e innovadoras, pues por definición cuando se las medía debían tener menos de cinco años; las de Alto Crecimiento, en cambio, tenían más de 20 años.
En España, la Fundación Cotec –cuyo presidente de honor es el rey Felipe VI y tiene por objeto promover la innovación como motor del desarrollo económico y social– publicó recientemente un amplio informe sobre las empresas Gacela en su país. Éstas se basan en el conocimiento innovador, que protegen con patentes y por ello alcanzan altos crecimientos; sus inversiones en Investigación y Desarrollo (I+D) son superiores a las del resto de las empresas, que por ello no logran crecimientos elevados. Otro estudio español, de Informa D&B, líder en estadísticas comerciales y financieras, muestra que el crecimiento del empleo entre 2012 y 2015 en 485 empresas Gacela fue del 73%, lo que originó 11.558 puestos de trabajo; en las de Alto Crecimiento el empleo creció 57%. Los ingresos de las Gacela crecieron en ese período 219%, y en las de Alto Crecimiento, 111%; su nivel de endeudamiento fue el más bajo del sector: 29%.

En México también se estudió a estas empresas. Mayormente pequeñas y medianas, con una plantilla laboral de 50 trabajadores o más, mostraban tasas de crecimiento anual de entre 15 y 25%. Las Gacela mexicanas son más eficientes que el resto de las empresas, pues sus ingresos les permiten mayor rotación y renovación de sus activos (equipamiento, maquinaria, etc.). Entre las características negativas se observó que el crecimiento de una Gacela, no es necesariamente una garantía de éxito. Un documento del Programa Nacional de Empresas Gacela indica que tropiezan con mayor facilidad por su acentuado espíritu de riesgo, que constantemente busca nuevas formas de innovación. Esto conlleva la dificultad de obtener financiamiento.
En nuestro país hay empresas Gacela. El estudio “Nuevas empresas Gacela en Argentina: ¿qué nos dicen las estadísticas?”, realizado por investigadores de la Universidad Nacional de General Sarmiento y del Ministerio de Trabajo, destaca sus avances, aunque su número es muy bajo.

Hace tiempo que nuestra economía genera mayormente empleo público y no privado, por un proceso de des-industrialización. Ello incrementó el gasto público, con el consiguiente déficit fiscal, altos impuestos para cubrirlo, endeudamiento y emisión monetaria. Poco y nada se ha hecho en los gobiernos de los últimos 40 años para promover a empresas innovadoras que generen empleo de calidad, como las Gacela lo hacen. La dinámica laboral no vendrá sólo de la economía primaria sino y principalmente del sector industrial, gran generador de empleo. Las Gacela promueven ingreso industrial, con agilidad, dinamismo y juventud.
La gacela es un antílope de las zonas semidesérticas de África y Oriente Próximo que se destaca por su agilidad y gracia corporal. En nuestro desierto económico las empresas Gacela podrían ayudar al progreso del país. Hay que alentarlas y multiplicarlas.

Revista Criterio, Diciembre de 2017

La Economía Naranja

Arturo Prins
Director Ejecutivo de la Fundación Sales

La economía del conocimiento es un proceso iniciado en la creatividad científica, que logra innovaciones para que las industrias produzcan alto valor agregado. El proceso, definido por la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) como “Investigación y Desarrollo” (I+D), favorece el crecimiento de los países, genera empleo y beneficia a los ciudadanos que acceden a nuevas tecnologías, medicamentos y servicios de muy alta calidad. Esto ocurre en naciones desarrolladas de Asia, América del Norte, Unión Europea y Oceanía; los países de América Latina y África están muy rezagados: la inversión en I+D, por regiones, muestra a Asia en el primer lugar, pues aporta el 36% del total mundial; la siguen los Estados Unidos y Canadá con algo más del 30%, y la Unión Europea con 26%; América Latina y África invierten sólo el 3,5% y el 1%, respectivamente, por lo que albergan a las economías más pobres.

Sin embargo, en países latinoamericanos y de otras regiones está surgiendo una nueva economía que el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) equipara de alguna manera con la economía del conocimiento: la denomina Economía Naranja. Incluye actividades creativas en las artes y la cultura, usualmente asociadas al color naranja, de allí su nombre. Generalmente protegidas por derechos de autor, combinan la creación, la producción y la comercialización de contenidos que se amplían cada vez más. Abarcan el diseño industrial, gráfico, digital y de indumentaria; el arte, la arquitectura, el cine, teatro, TV, fotografía y música; también la industria editorial, publicidad, juegos electrónicos y contenidos para celulares y web. Todas ellas generan en el mundo ingresos anuales por más de 547 mil millones de dólares, equivalentes al PBI de un país como el nuestro y más que el sector automotriz mundial. La CEPAL y la UNESCO las consideran “industrias de contenido creativo” que emplean a 144 millones de personas, de las cuales 10 millones son de América Latina.

En 2016, en una reunión en Washington del Banco Mundial y el FMI, a la que asistieron ministros y presidentes de bancos centrales latinoamericanos, los países de la región coincidieron en la necesidad de reformar sus economías, a raíz de la caída de los precios de los commodities. El economista jefe para América Latina y el Caribe del BM, Augusto de la Torre, recomendó a nuestro país “hacer más películas para Hollywood, por ser una actividad en la que los argentinos se destacan y el comienzo de una industria que puede crecer”. Efectivamente, en 2016 la producción nacional de cine tuvo el récord de casi 200 estrenos, y la asistencia de público a ver películas argentinas creció en los últimos años un 90%.
También nos destacamos en creatividad publicitaria al estar entre los cinco o seis países más premiados en el festival Cannes Lions. Otros emprendimientos como DeRemate.com, Patagon, Officenet o despegar.com son muy innovadores y algunos fueron adquiridos por empresas internacionales. MercadoLibre, la mayor plataforma de comercio electrónico y pagos globales de América Latina, fue destacada por el presidente Mauricio Macri en un coloquio empresario como uno de los emprendimientos más innovadores del país.
En la Argentina, las actividades de la Economía Naranja representan el 2,2% del PBI; en la ciudad de Buenos Aires el 10% de su PBI, y en la provincia, el 2,55%. El Ministerio de Producción indica que la exportación de estos servicios, que incluyen talento y creatividad, ya ocupa el segundo lugar, detrás de la exportación de soja. Un dato alentador.

Revista Criterio, Octubre de 2017

Un diálogo muy revelador

por Arturo Prins

En los últimos artículos dimos a conocer opiniones en favor de la economía del conocimiento de Bill Gates, Fernando Mönckeberg (economista y médico chileno), Marcelino Cereijido (médico e investigador emérito argentino) y el periodista Andrés Oppenheimer. Autores de numerosos artículos y libros que trascendieron internacionalmente, coinciden en que sus recomendaciones no son tenidas en cuenta en América latina.
Muy revelador fue el diálogo que sobre el particular tuvieron Gates y Oppenheimer. El periodista lamentaba que el discurso de la “vieja izquierda” y la “vieja derecha” latinoamericana basara el desarrollo en los recursos naturales, siendo que los países más avanzados son los que “apostaron a la innovación y producen bienes y servicios de mayor valor agregado”.
Gates explicó que cuando cursaba la escuela secundaria, ocurrió algo que cambió su historia personal y la del mundo: el Club de Madres hizo una rifa y destinó tres mil dólares para la compra de una computadora. En 1968 era una extravagancia que una escuela contara con una computadora; la mayoría de las universidades no tenían. Esto despertó la pasión de Gates por la informática: “Era mi obsesión, faltaba a las clases de educación física, me quedaba hasta la noche con esa computadora ASR-33 Teletipo, programaba hasta los fines de semana y pasaba 20 o 30 horas semanales con ella”.
Gates agregó que había tenido “una suerte increíble” por la excelente educación que recibió en la escuela. Oppenheimer le preguntó qué debían hacer los países latinoamericanos para propiciar la innovación. Gates respondió: “Deben estimular en las escuelas secundarias la curiosidad intelectual por la ciencia y la ingeniería. En el mundo hay muchas que están poniendo énfasis en que los estudiantes hagan proyectos divertidos, que diseñen un submarino o un robot, así entienden que la ciencia es una herramienta para lograr lo que quieran hacer. En segundo lugar, hay que mejorar la calidad de la educación en las universidades, lo que requiere que sean muy selectivas”.
Oppenheimer le mostraba que en América latina los graduados en Ciencias Sociales “aumentaron espectacularmente”: el 42% obtenía su título en esas ciencias y sólo el 14% en ingeniería y tecnología. Citó a la UBA, de la Argentina, que tenía 29 mil estudiantes de Psicología y 8 mil de Ingeniería. Y concluía: “La receta para crecer y reducir la pobreza en nuestros países, entiendo que ya no será solamente abrir nuevos mercados –por ejemplo, firmando más acuerdos de libre comercio– sino inventar nuevos productos. Y eso sólo se logra con una mejor calidad educativa”.
Gates coincidía: “Tuve una educación de muy buena calidad. En la mayor parte de otros lugares del mundo yo hubiera sido un mal agricultor. Mi país incentiva la innovación como ningún otro, me refiero a los niveles de inversión, a la forma en que funciona nuestro sistema de patentes, nuestro sistema legal. Es cierto que hay muchos que juegan en contra de la innovación: por los altísimos costos en defensa, salud, etc. Pero Estados Unidos es un imán para los mejores cerebros del mundo; importamos más inteligencia que nadie”.
Finalmente hizo esta referencia: “En la mayoría de las universidades latinoamericanas no existe la tradición estadounidense de que los egresados aporten donaciones a sus casas de estudio. Sin embargo, crea un círculo virtuoso: la universidad produce profesionales exitosos, éstos donan más a las universidades y sus aportes permiten formar más profesionales exitosos”.
Criterio, Septiembre de 2017

Una obsesión de América Latina: su pasado

Arturo Prins 
Director Ejecutivo de la Fundación Sales

Andrés Oppenheimer es el periodista latinoamericano que más ha escrito en favor de la economía del conocimiento. Nacido en Buenos Aires, columnista de La Nación en temas latinoamericanos, estudió Derecho (UBA) y obtuvo una Maestría en Periodismo (Universidad de Columbia); trabajó en The New York Times, The Washington Post, la BBC de Londres y otros importantes medios; recibió los premios Pulitzer, María Moors Cabot, Rey de España y Ortega y Gasset entre los más destacados.
Su último libro, ¡Basta de historia! (Sudamericana, 2010), se editó cuando países de América Latina y el Caribe festejaban el bicentenario de sus independencias. Allí, Oppenheimer insiste en que mejorar la educación, la ciencia, la tecnología y la innovación no es tarea imposible pero sí muy necesaria pues el XXI será el siglo de la economía del conocimiento. Agrega que contrariamente a lo que pregonan presidentes y líderes populistas latinoamericanos, los países que avanzan no son los que venden materias primas ni productos manufacturados básicos, sino los que producen bienes y servicios de mayor valor agregado.

Pero la preocupación de Oppenheimer es la obsesión de la región por su pasado. “Curiosamente –dice– no ocurre lo mismo en China, India y otros países asiáticos y de Europa del Este, con historias milenarias. ¿Es saludable esta obsesión por el pasado? ¿Nos ayuda a prepararnos para el futuro? ¿O nos distrae de la tarea cada vez más urgente de capacitarnos para competir mejor en la economía del conocimiento del siglo XXI?” Y describe así esta obsesión:
Venezuela: Chávez desenterró a Bolívar y creó una comisión para hacer una investigación científica e histórica sobre las causas de su muerte y verificar si cuando se trasladaron sus restos de Colombia no enviaron los despojos de otro mortal; ordenó la construcción de un sarcófago de cristal y oro y habló más de cinco horas en el aniversario 177 de su muerte.

Ecuador: Correa tuvo contratiempos para trasladar los restos del ex presidente del siglo XIX, José Eloy Alfaro, desde Guayaquil hasta Montecristi, pues la hija de Alfaro había dicho que la voluntad de su padre era que estuvieran en Guayaquil. Se desató una discusión nacional, por lo que se decidió que una parte de las cenizas fuera a Guayaquil y otra a Montecristi; el gobierno construyó un mausoleo de 350 mil dólares en Montecristi.
Argentina: Kirchner desenterró a Perón para trasladarlo a 50 kilómetros de Buenos Aires, con una caravana de 120 granaderos donde hubo disparos y heridos mientras se cantaba “Perón vive”. Uruguay, Honduras y El Salvador: Sus dirigentes políticos discutieron sobre los restos de Artigas y de Morazán. Cardoso, ex presidente de Brasil, llegó a decir: “Bolívar, Perón, todos jugaron un rol importantísimo pero por Dios miremos para adelante, pues mirar siempre hacia atrás produce muchas limitaciones. La idea de que los vivos están guiados por los muertos está muy viva en la región. El mundo es otro.”

Oppenheimer se lamentaba en un reciente artículo de que América Latina, el Caribe y África sean los continentes que menos invierten en investigación y desarrollo, sólo el 2% del total mundial, y que sean los que tienen menos patentes. Un solo país, Corea del Sur, invierte en I+D más que toda nuestra región, y en 2016 solicitó 15.560 patentes contra 1400 de estas latitudes. En 1965 los ingresos per cápita de México, Venezuela, la Argentina o Brasil eran de 5 a 10 veces mayores que el de Corea. Hoy Corea es una de las primeras economías del mundo.

Revista Criterio, Agosto de 2017

No hay que apoyar a la ciencia

Por Arturo Prins

El título de este artículo puede parecer contradictorio. Pero no lo es. La indicación pertenece a Marcelino Cereijido, doctor en Medicina (UBA) con un posgrado en Harvard, profesor de Fisiología Celular y Molecular en México e investigador emérito de ese país. Autor de cientos de artículos y de varios libros –La nuca de Houssay y La ignorancia debida entre los más reconocidos– es crítico de los países del Tercer Mundo que no se valen de la ciencia para progresar y desarrollarse.
“Un gobierno latinoamericano –dice Cereijido– puede mover su maquinaria diplomática para que un militar acusado de torturador o genocida que visita Europa sea atrapado, o fletar un avión para regresarlo a su patria, pero no hace absolutamente nada para repatriar (y emplear) a miles de sus científicos exiliados en el Primer Mundo. Ello ocurre porque esos gobiernos saben muy bien para qué sirven los torturadores y genocidas, pero no tienen la menor idea de qué es un científico ni cómo ensamblarlo en la sociedad”.
¿Cómo se entiende que quien ha escrito y difundido el valor de la ciencia, indique que no hay que apoyarla? Cereijido expresa que frecuentemente se les dice a los investigadores que tengan paciencia, que ya los van a apoyar: “Mientras el Primer Mundo se apoya en la ciencia, el Tercero habla de apoyar a la ciencia”. Con sabiduría, explica: “Cuando compramos pan o tornillos, no lo hacemos para apoyar a los panaderos o ferreteros; cuando me opero de la vesícula, no lo hago para apoyar a mi médico. La promesa de apoyar a los investigadores es una pueril maniobra que sólo intenta consolarlos o quitárselos de encima, como si nadie necesitara del pan ni supiera para qué sirven los tornillos”.
Cereijido entiende que lo que distingue al rico del pobre no es el dinero, sino las ideas que tiene en la mente. Esa disparidad la genera la ciencia moderna, que muestra un Primer Mundo que investiga, innova, crea, produce y vende a un Tercer Mundo que se comunica, viaja o se cura con tecnologías, vehículos y medicamentos ideados por el primero. La situación económica de estos países es coherente con la respuesta que dan sus gobernantes a los universitarios que proponen desarrollar una ciencia moderna: “Ahora tenemos problemas graves y urgentes, pero prometemos que, en cuanto los resolvamos, apoyaremos a los investigadores”. Para Cereijido nuestros gobiernos ignoran que una de las funciones de la ciencia es resolver problemas; más aún, la mayoría de los problemas requieren que se recurra a la ciencia, por lo que optar por la ignorancia es una garantía de que no se resolverá ninguno. Recuerda que hasta hace pocos siglos el 15% de los niños moría antes de cumplir los tres años y que quien contraía una apendicitis aguda, fallecía; los dientes se pudrían en la boca; los alimentos se descomponían fácilmente y era común que la gente muriera envenenada en sus casas. Con sólo imaginar cómo se vivía en la Edad Media, advertiríamos la diferencia entre el “entonces” y el “ahora”.
En sus visitas al país, Cereijido nos advierte que mientras en el Primer Mundo “aprendieron a aprender”, la Argentina va quedando atrás, muy atrás; no tiene un sistema educativo-científico-tecnológico-productivo por lo que habría que construirlo rápidamente, y el conocimiento depende mayormente de presupuestos oficiales, en virtud de los cuales no sería más que ignorancia financiada. Para Cereijido, la Argentina comparte el analfabetismo científico del Tercer Mundo de apoyar a la ciencia en vez de apoyarse en la ciencia.
Criterio, julio de 2017

En la Argentina, la ciencia no se financia de manera correcta

por Arturo Prins

Los limitados recursos para nuestra ciencia causaron fuga de cerebros y recientes reclamos de investigadores. En los Estados Unidos, que ostenta el mayor desarrollo científico, las universidades reciben importantes fondos de dos fuentes: las donaciones que obtienen los profesionales o fundraisers y las regalías que reciben de la industria cuando le transfieren conocimientos. En la Argentina no se estimulan estas acciones, por lo que el Estado provee la mayor parte de los recursos, y últimamente se lo presiona para que aporte la totalidad, objetivo imposible de cumplir para cualquier gobierno.
En donaciones, Estados Unidos es líder. Giving USA, que reúne la estadística desde hace 60 años, informó que en 2015 se recaudó el récord de 373.250 millones de dólares: 80% donado por individuos; 15%, por fundaciones, y 5%, por empresas. Las donaciones a universidades fueron por 40.300 millones de dólares, la mayor parte aportada también por individuos. El ranking lo encabezó la Universidad de Stanford (1630 millones), seguida por la de Harvard (1100 millones). En ellas hay una tradición de donaciones de ex alumnos exitosos: el millonario Gerald Chan, de Hong Kong, aportó a Harvard en 2015 la más alta donación hasta entonces (350 millones de dólares), superada en 2016 por la de John Paulson (400 millones), también ex alumno e inversionista de Wall Street. Se dirá que esto ocurre sólo en los Estados Unidos. No es así, la mayor donación a una universidad en el mundo fue de 1000 millones de dólares a la Universidad Vedanta, de la India. Se dirá que esto no es posible en la Argentina; sin embargo, hay ejemplos a imitar: nuestro premio Nobel Luis F. Leloir abrió una oficina de fundraising en 1973, que obtuvo recursos para sus investigaciones y para construir un gran laboratorio de 6500 m2 en Parque Centenario. Cuando lo inauguró, recordó que gracias a las donaciones pudo concretarse tamaña obra, pues intentos anteriores habían fracasado por promesas oficiales incumplidas.
El científico José Mordoh, discípulo de Leloir, es sostenido desde hace 30 años por la Fundación Sales, que tiene más de 100.000 donantes, en su mayor parte individuos, que ya aportaron 25 millones de dólares. El premio Nobel argentino César Milstein aconsejó a Sales interesar a los ciudadanos en apoyar la investigación del cáncer, como lo hacía la Cancer Research Campaign de Gran Bretaña, país donde él investigaba. La fundación siguió su consejo y con fundraisers profesionales logró tal número de donantes que pudo extender su apoyo a investigadores como Claudia Lanari, Gabriel Rabinovich y otros. Los nombrados, científicos del Conicet, con talento y recursos lograron avances contra el cáncer que tuvieron repercusión internacional. Nunca les faltó lo necesario y hasta se les construyeron modernos laboratorios y bibliotecas por varios millones de dólares, equipados con altas tecnologías. Entre los donantes individuales se destacan el empresario Jorge Ferioli y su familia, que, sensibles a la investigación científica y en recuerdo de un antepasado que murió de cáncer, hacen importantes aportes. El Conicet y Sales lograron así una eficaz complementación público-privada; son cotitulares de la propiedad intelectual de las investigaciones que financian y están cercanos a recibir regalías por un avance que transferirán a la industria. Las universidades de San Andrés, Torcuato Di Tella, Austral y el ITBA (Instituto Tecnológico Buenos Aires) también obtuvieron pequeños y grandes donantes a través del fundraising.
Las mencionadas son experiencias privadas. Llama la atención que las universidades públicas dependan sólo de magros presupuestos oficiales. La UBA, en sus 196 años, ¿cuántos ex alumnos exitosos habrá formado? A ello hay que agregar que estas casas de altos estudios en su mayoría no protegen el conocimiento. La UBA, la que destina más fondos a la investigación, no tiene volumen de proyectos transferibles a la industria pues, con centenares de trabajos publicados por año en ciencias duras, solamente solicitó 39 patentes en 40 años (1973-2013), o sea un promedio de una por año. Las 53 universidades nacionales, donde radica el mayor valor de la economía -el conocimiento- se declararon el año pasado en emergencia económica al no poder afrontar siquiera la nueva tarifa del gas.
Las patentes evitan que los presupuestos para investigación terminen subsidiando a quienes en el exterior tomen un avance local no protegido y lo comercialicen. Por eso las grandes universidades del mundo exigen a los científicos que informen a sus oficinas de propiedad intelectual sobre los trabajos que van a publicar, para prever su protección. Harvard tiene normas sobre el particular desde 1934 y las actualiza para asegurar sus regalías, los beneficios a los científicos y al público que accede a sus innovaciones a costos menores. El Instituto Pasteur de París, uno de los mayores centros científicos de Europa, es una institución ejemplar. Su director, Christian Bréchot, dice a sus donantes: “Más del 30% de nuestro presupuesto proviene de vuestra generosidad. Gracias a ella podemos realizar nuevas investigaciones. Cada donación es un paso adelante y un estímulo para nuestros científicos. Nosotros necesitamos de ustedes”. Creado en 1888, el Instituto Pasteur tiene en su haber 5758 solicitudes de patentes para proteger 1752 innovaciones. La UBA, creada en 1821, no llega a un centenar de solicitudes.
Nuestros científicos reclaman más recursos al Ministerio de Ciencia, cuando deberían dirigirse a quienes conducen sus propias instituciones para que estimulen las donaciones y las regalías. En 2001 se creó la Asociación de Ejecutivos en Desarrollo de Recursos para Organizaciones Sociales (Aedros), que reúne a personas capacitadas en el arte de obtener donantes; lo hacen en universidades privadas así como en Unicef, Cáritas, Médicos Sin Fronteras y otras organizaciones. Todas las actividades pueden recibir donaciones; hasta la Facultad de Teología de la UCA, por citar un caso atípico, obtuvo fondos de fundraisers, por lo que las donaciones no se destinan sólo a las ciencias duras.
Una clave son las donaciones de individuos. En los Estados Unidos es el sector que más incrementó sus aportes entre 2014 y 2015: casi 10.000 millones de dólares. Esto no ocurre, como muchos creen, por las deducciones fiscales, pues quien no dona retiene más utilidad que si dona y deduce. Siempre hay topes para deducir de la ganancia preimpuestos, de manera que no se cambia tributo por donación. Se dona por amor al género humano. Tal el significado de filantropía, vocación que lamentablemente no aprovechamos ni promovemos para nuestra ciencia.
El premio Nobel Bernardo Houssay decía que “los países son ricos porque investigan y no es que investigan porque son ricos”. Sabia expresión que encierra una de las causas de nuestra crisis: una economía insolvente que prescinde de su mayor valor, que regala al mundo. Si los países avanzados atraen científicos, promueven fondos para sus investigaciones y protegen las innovaciones, es porque consideran que el saber es un valor académico y cultural que promueve el desarrollo. La Argentina busca inversiones afuera, pero desatiende su propia riqueza.
LA NACION – junio 2017

No hay que apoyar a la ciencia

Arturo Prins 
Director Ejecutivo de la Fundación Sales

El título de este artículo puede parecer contradictorio. Pero no lo es. La indicación pertenece a Marcelino Cereijido, doctor en Medicina (UBA) con un posgrado en Harvard, profesor de Fisiología Celular y Molecular en México e investigador emérito de ese país. Autor de cientos de artículos y de varios libros –La nuca de Houssay y La ignorancia debida entre los más reconocidos– es crítico de los países del Tercer Mundo que no se valen de la ciencia para progresar y desarrollarse.
“Un gobierno latinoamericano –dice Cereijido– puede mover su maquinaria diplomática para que un militar acusado de torturador o genocida que visita Europa sea atrapado, o fletar un avión para regresarlo a su patria, pero no hace absolutamente nada para repatriar (y emplear) a miles de sus científicos exiliados en el Primer Mundo. Ello ocurre porque esos gobiernos saben muy bien para qué sirven los torturadores y genocidas, pero no tienen la menor idea de qué es un científico ni cómo ensamblarlo en la sociedad.”
¿Cómo se entiende que quien ha escrito y difundido el valor de la ciencia, indique que no hay que apoyarla? Cereijido expresa que frecuentemente se les dice a los investigadores que tengan paciencia, que ya los van a apoyar: “Mientras el Primer Mundo se apoya en la ciencia, el Tercero habla de apoyar a la ciencia.” Con sabiduría, explica: “Cuando compramos pan o tornillos, no lo hacemos para apoyar a los panaderos o ferreteros; cuando me opero de la vesícula, no lo hago para apoyar a mi médico. La promesa de apoyar a losinvestigadoreses una pueril maniobra que sólo intenta consolarlos o quitárselos de encima, como si nadie necesitara del pan ni supiera para qué sirven los tornillos.”

Cereijido entiende que lo que distingue al rico del pobre no es el dinero, sino las ideas que tiene en la mente. Esa disparidad la genera la ciencia moderna, que muestra un Primer Mundo que investiga, innova, crea, produce y vende a un Tercer Mundo que se comunica, viaja o se cura con tecnologías, vehículos y medicamentos ideados por el primero. La situación económica de estos países es coherente con la respuesta que dan sus gobernantes a los universitarios que proponen desarrollar una ciencia moderna: “Ahora tenemos problemas graves y urgentes, pero prometemos que, en cuanto los resolvamos, apoyaremos a los investigadores.” Para Cereijido nuestros gobiernos ignoran que una de las funciones de la ciencia es resolver problemas; más aun, la mayoría de los problemas requieren que se recurra a la ciencia, por lo que optar por la ignorancia es una garantía de que no se resolverá ninguno. Recuerda que hasta hace pocos siglos el 15% de los niños moría antes de cumplir los tres años y que quien contraía una apendicitis aguda, fallecía; los dientes se pudrían en la boca; los alimentos se descomponían fácilmente y era común que la gente muriera envenenada en sus casas. Con sólo imaginar cómo se vivía en la Edad Media, advertiríamos la diferencia entre el “entonces” y el “ahora”.

En sus visitas al país, Cereijido nos advierte que mientras en el Primer Mundo “aprendieron a aprender”, la Argentina va quedando atrás, muy atrás; no tiene un sistema educativo-científico-tecnológico-productivo por lo que habría que construirlo rápidamente, y el conocimiento depende mayormente de presupuestos oficiales, en virtud de los cuales no sería más que ignorancia financiada. Para Cereijido, la Argentina comparte el analfabetismo científico del Tercer Mundo de apoyar a la cienciaen vez de apoyarse en la ciencia.

Revista Criterio, Junio de 2017

Desnutrición y pobreza crónica impiden el desarrollo

Arturo Prins 
Director Ejecutivo de la Fundación Sales

En artículos anteriores (CRITERIO N° 2434-35) me referí a Fernando Mönckeberg, médico y economista chileno que prácticamente erradicó la desnutrición infantil en su país. Con sus 90 años, vino a Buenos Aires en marzo a dar una conferencia. Lo entrevisté en Santiago de Chile, en 2004, tras haber leído sus libros sobre economía del conocimiento. ¿Cómo relaciona Mönckeberg economía y medicina?

Una síntesis de sus libros en materia económica –Jaque al Subdesarrollo (1973), Jaque al Subdesarrollo, ahora (1993) y otros– puede extraerse de sus palabras: “Alcanzar el desarrollo depende inexorablemente del acervo científico y tecnológico que la sociedad haya acumulado. Nuestras posibilidades de desarrollo económico, y por ende de desarrollo social, hoy más que nunca derivan de nuestra capacidad innovadora en las áreas científico-tecnológicas y de la interconexión de ellas con el sector productivo.”
En materia médico-nutricional, Mönckeberg explica: “El ser humano nace con una carga genética que luego se expresa en sus características físicas e intelectuales. En los primeros años de vida, el medio ambiente adecuado –familia, vivienda, alimentación, cultura– favorece el desarrollo de las potencialidades genéticas que, en condiciones de pobreza crónica, se limitan y dañan al individuo. Si un porcentaje muy alto de individuos está dañado, no podrá integrarse y la sociedad se entraba y pierde eficiencia, estabilizando la situación de pobreza y subdesarrollo.”

Para Mönckeberg, nutrición es alimentación y afecto en un medio ambiente adecuado. Los primeros años de vida son importantes. En condiciones de pobreza el mundo se restringe, la información exterior no existe, los temas de conversación son escasos y relativos al micro mundo que los rodea, las relaciones familiares son primitivas, el afecto, insuficiente; la relación entre padres e hijos débil o muy deteriorada. El niño nace y se desarrolla en un ambiente que no estimula su imaginación y curiosidad. Cuando va a la escuela su rendimiento es pobre y la abandona. De adulto tendrá subempleo y bajo salario, por lo que el ciclo de pobreza se repetirá por una generación más. “Con un porcentaje alto de población dañada –concluye Mönckeberg– no se puede aspirar a la modernización y al desarrollo, que exigen individuos educados y adecuadamente capacitados.” El factor humano es así condición para el desarrollo.

Chile tenía la tasa de desnutrición más alta de Sudamérica. De cada 100 niños que ingresaban a la escuela, sólo 30 la terminaban. Desertaban los más limitados intelectualmente. En 1967 la población dañada por pobreza y desnutrición superaba el 68%; el analfabetismo era mayor al 22%; el 40% de los padres de familia tenía menos de tres años de educación primaria y muchos eran alcohólicos. Las investigaciones de Mönckeberg demostraron que la desnutrición era causa principal y que el ambiente depresivo de la pobreza influía aun más. Por eso propuso ganar la batalla a la desnutrición: el porcentaje de niños con retraso en su crecimiento y desarrollo que era del 70%, bajó al 1%, la mejor tasa de la región.

En la Argentina su discípulo Abel Albino lucha desde hace años por ese objetivo, cuando queremos llegar a la “pobreza cero”. Según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, el 48% de nuestros niños es pobre; hay 1,2 millones de menores de 4 años en situación de pobreza y nacen 600 por día en esa condición. “Pobreza y desnutrición, desnutrición y educación, van de la mano –dice Albino– ; con cerebros intactos y educados el desarrollo será posible.”

Revista Criterio, Mayo de 2017

La participación empresaria en ciencia

Por Arturo Prins
La reciente protesta de científicos por los recortes presupuestarios reclamaba al presidente Mauricio Macri su promesa electoral de destinar el 1,5% del PBI al sector, que hoy recibe el 0,6%. El reclamo soslayaba el aporte empresario que, en los países avanzados, constituye la mayor parte de la inversión en I+D (Investigación y Desarrollo), lo cual permite que la economía crezca y la ciencia obtenga recursos.
En el número anterior de CRITERIO (N° 2434) me referí a Fernando Mönckeberg, médico chileno que estudió el problema del subdesarrollo, lo que le valió el Premio Nacional de Ciencias Aplicadas y Tecnológicas (1998). Él destaca la necesidad del aporte empresario, pues sostiene que es imposible que el Estado financie la infraestructura y los elevados costos de las investigaciones. Detalla adelantos logrados en países desarrollados, tras años de investigaciones, que requirieron la participación de grandes empresas o la fusión de ellas, pues la innovación científica demanda altas inversiones. Por ello Mönckeberg insiste en la vinculación “universidad-gobierno-empresas” para relacionar la investigación básica y la aplicada; de lo contrario se alimentan conocimientos científicos que no llegan a la sociedad. Lo deseable es que el Estado y las fundaciones financien la investigación básica, de mayor riesgo, y las empresas inviertan en desarrollos de alto valor agregado, provenientes de conocimientos básicos. Esto alimenta la economía y deja regalías a los centros científicos que trasfieren dichos conocimientos.
Los países avanzados invierten en I+D del 2,5 al 4% del PBI; la mayor parte es inversión empresaria.  En la Argentina, del exiguo 0,6% del PBI para I+D, las empresas aportan sólo el 23%; en los Estados Unidos el 63%. Ello marca el diferente desarrollo de cada país. Si pensamos llegar al anunciado 1,5% del PBI con fondos oficiales, el país no crecerá y la ciencia empobrecerá pues el Estado por sí solo no podrá sostenerla. La Argentina, además, no tiene suficientes grandes empresas y hay una alta protección arancelaria a la industria, que por ello no demanda conocimientos científicos para innovar y competir. Este es el cambio que deben reclamar los científicos para obtener más recursos. El Banco Mundial criticó “la muy baja inversión de las empresas argentinas en I+D, su escasa cultura innovadora”.
Mönckeberg, en su libro Jaque al Subdesarrollo, ahora (1993) menciona a la Unión Soviética que, por tener “un Estado omnipotente, rígido y autoritario” que no alentó la ciencia y la participación empresaria, desintegró su economía. Muy elocuente es el testimonio de Mijail Gorbachov, en su libro Perestroika, que cita Mönckeberg: “Nuestro estancamiento –dice– se produjo al mismo tiempo que la revolución científico-tecnológica abría nuevas perspectivas para el progreso. Al analizar la situación, descubrimos una desaceleración del crecimiento. En los últimos 15 años, la tasa de crecimiento declinó en más de la mitad y a comienzos del ‘80 había caído a un nivel cercano al estancamiento. Comenzó a extenderse la brecha en la eficiencia de la producción, en la calidad de los productos, en el desarrollo científico-tecnológico. Mientras avanzaba la tecnología de punta y las innovaciones, nosotros carecíamos de receptividad a los avances de la ciencia y la tecnología. El nivel de vida caía y había dificultad para el suministro de productos alimenticios, vivienda, artículos de consumo y servicio. Todo ello se resume en una sola cosa: la aceleración del proceso científico y tecnológico que nos dejó atrás”.
Criterio, abril de 2017

Un prestigioso médico indica cómo jaquear al subdesarrollo

por Arturo Prins

En junio de 2004 conocí en Santiago de Chile a Fernando Mönckeberg, responsable de haber erradicado en su país la desnutrición infantil, que alcanzaba al 60% de los chicos. El apoyo del gobierno a su programa inspiró a nuestro compatriota Abel Albino, quien desde Mendoza creó la Fundación CONIN (Cooperadora para la Nutrición Infantil); en reconocimiento a su tarea fue nombrado en 2014 miembro de la Academia Nacional de Medicina. La relación de ambos médicos los llevó a escribir el libro Desnutrición, el mal oculto que subraya la necesidad de superar el flagelo que la Argentina aún no ha resuelto.
Mi interés en reunirme con Mönckeberg tenía que ver con otro tema: la publicación de sus libros Jaque al Subdesarrollo (1973) y Jaque al Subdesarrollo, ahora (1993). En el primero, de gran difusión e impacto, traducido a varias lenguas, hace un diagnóstico de la situación mundial y da recomendaciones a Chile tras la crisis de 1970-73, que culminó con el derrocamiento del presidente Salvador Allende. En el segundo indica que muchas de aquellas predicciones se cumplieron, pero que en Chile no se realizó todo lo que se debía.
En nuestra entrevista, Mönckeberg indicó que es importante comprender la idea de “desarrollo”, basada en la superación de la pobreza, la marginalidad y la desnutrición; la modernización del sistema educativo y la construcción de una infraestructura científico-tecnológica por la incidencia del conocimiento en la economía.
Mönckeberg decía que los latinoamericanos debíamos convencernos de nuestra capacidad para lograr el desarrollo, pues no es cierto que seamos diferentes o que nuestra idiosincrasia no permita el progreso. Lo explica en su segundo libro: “Cuando los europeos irrumpieron en Oriente y se contactaron por primera vez con Japón, lo encontraron con un atraso considerable. Cronistas y pensadores de la época afirmaban que los japoneses pertenecían a una raza inferior. En menos de un siglo y medio, ese país se ha puesto a la vanguardia del progreso mundial. Japón progresó porque estimuló la creatividad científico-tecnológica y puso énfasis en la educación. Ni la barrera idiomática fue obstáculo para insertarse en los primeros lugares de la economía mundial”.
Para Mönckeberg, “lo más trascendente que ha ocurrido en la historia de la humanidad, es el formidable avance del conocimiento y sus aplicaciones, que no tiene parangón con lo sucedido anteriormente. Por milenios la humanidad evolucionó muy lentamente; los conocimientos nuevos se generaban aisladamente y eran escasas las transformaciones sociales derivadas de ellos. Repentinamente, en poco más de una centuria, se generó un progreso abrumador”.
En sus libros, Mönckeberg concluye que los países subdesarrollados son aquellos incapaces de generar conocimientos nuevos y que sólo proveen materias primas al mundo desarrollado; en cambio, los que generan conocimientos logran valor agregado a sus economías y prosperan. “No cabe duda –indica– que la revolución científico-tecnológica creó la diferencia entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado. Ella permitió al primero progresar rápidamente, mientras el segundo permaneció estático o retrocedió. El mundo desarrollado sabe que el conocimiento es su mejor capital y lo protege con patentes que impiden la transferencia que beneficie a quienes no son capaces de generarlo”.
Mönckeberg advierte finalmente que, si bien los conocimientos trajeron grandes beneficios, también causaron problemas que deben resolverse, entre ellos la gran desigualdad entre países y el grave daño al medio ambiente.
Criterio, marzo de 2017

Llamado de Bill Gates a líderes europeos

Arturo Prins
Director Ejecutivo de la Fundación Sales

Bill Gates fue pionero en la producción de bienes intangibles innovadores. Podría apodárselo el Rockefeller del siglo XXI, por la dimensión a la que llevó a su empresa, que superó a las que en el siglo pasado ocupaban los primeros lugares a través de un recurso natural tangible como el petróleo.
Comprender este fenómeno es entender el valor del conocimiento en la economía. Parece oportuno entonces analizar las palabras del propio Gates al referirse al tema. Últimamente lo hizo en ocasión de un viaje a Europa, en octubre pasado, cuando expresó: “Voy al Reino Unido y a Francia para hablar sobre cómo el liderazgo político puede acelerar la innovación. La primer promesa de cualquier buen político es mejorar la vida de las personas, y la investigación científica que permite la innovación es una de las buenas maneras de honrar esa promesa.”

Luego describió el camino para lograrlo: “El progreso no es una ley de la naturaleza, como la gravedad. Se necesita trabajo. El progreso viene de la innovación, que proviene de la investigación, que a su vez deviene de la inversión.” Gates considera que el gasto público en investigación y desarrollo (I+D) lleva a las empresas a tomar los resultados de los laboratorios científicos y transformarlos creativamente en productos para la sociedad. “La I+D –concluye– trae un gran beneficio a los países que la realizan: crea puestos de trabajo, buenas remuneraciones, fomenta el crecimiento del talento, la capacidad científica del país.” Precisamente la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) entendió que la inversión en I+D era clave para el desarrollo y resolvió explicar cómo medirla. En 1963 reunió a estadísticos en Villa Falconieri de Frascati, Italia, de donde surgió el conocido Manual de Frascati. Aquí se definió a la I+D como la Investigación básica y aplicada de las universidades, financiada mayormente por los estados y las fundaciones, más el Desarrollo experimental realizado y financiado por empresas para producir valor agregado. Del financiamiento de este proceso surge la estadística anual de inversiones en I+D que hacen los países. Gates conoció dicho proceso y lo aplicó en sus emprendimientos innovadores. Retirado de la actividad empresaria, dirige desde hace años la Fundación Bill y Melinda Gates, la mayor del mundo por su capital económico, a través de la cual financia importantes emprendimientos filantrópicos y difunde la economía del conocimiento.

Antes de emprender su gira, había dicho: “Este es el mensaje que voy a llevar a Europa: instar a los líderes a que aumenten el financiamiento a la investigación científica, pues ella conduce al crecimiento económico. La innovación ayuda a florecer; reducirla es dar la espalda a nuestra mayor fortaleza. Es necesario invertir en investigación como si miles de millones de vidas dependieran de ello, porque así es.”
Mensaje aleccionador para nuestra región, muy atrasada en innovación como vimos en anteriores artículos de esta columna. Qué decir de la Argentina, que ha recortado últimamente su presupuesto de ciencia y técnica. Nuestra situación económica obligó al recorte, pero también es cierto que la insuficiente inversión en I+D nos condujo a esta situación.
Sería importante que Gates apelara a los líderes de estas tierras, que parecieran creer que sostener la investigación científica es un hecho académico-cultural y no de incidencia económico-social; nuestra industria no es innovadora pues invierte poco en I+D, favorecida por altos aranceles que no estimulan la demanda de conocimientos para innovar.

Revista Criterio, Enero-Febrero de 2017