Lic. Arturo Prins

Lic. Arturo Prins
Lic. Arturo Prins

Ahorrar en conocimiento es caro

por Arturo Prins

En estos días, los científicos reclaman por los recortes al presupuesto de ciencia y técnica. Sus bajos sueldos expresan una falta de estímulo a la excelencia científica, siendo que el sector es pequeño y sus conocimientos constituyen el mayor valor de la economía.
Belgrano decía que “sin ilustración ni comercio, sin industrias ni escuelas, el nuestro será un país miserable y desgraciado”. Sarmiento advertía: “España y sus descendientes carecen de conocimientos en ciencias naturales o físicas, que en Europa dieron lugar a una poderosa industria que da ocupación a todos”. Nuestro premio Nobel Bernardo Houssay subrayaba: “Sin un rápido desarrollo científico, viviremos pobres”. De Belgrano a hoy -más de 200 años- hay un largo camino irresuelto que, con el lenguaje propio de cada época, coincide en lo mismo: escuelas, ciencia, industrias.
Los científicos reclaman los recortes al presupuesto de ciencia y técnica.
El saber científico es un valor académico, cultural, pero también causa de desarrollo. Lo decía Einstein: “Los imperios del futuro se construirán sobre el conocimiento”. Vaticinio que confirmó Estados Unidos: alberga al mayor número de científicos, es el país con más premios Nobel en ciencias, el que más invierte en investigación y desarrollo (I+D), el que más protege el conocimiento con patentes. Lo siguen China, Japón y otras naciones con similares políticas.
La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), que reúne a las economías más avanzadas, indicó que la inversión en I+D era clave en economía y explicó cómo medirla en su Manual de Frascati (1963). Aquí definió la I+D como el proceso de investigación básica y aplicada de las universidades, financiada mayormente por el Estado y fundaciones, más el desarrollo experimental de empresas que producen valor agregado. La economía que invierte menos del 1% del PBI en I+D es débil; las avanzadas se acercan al 3% y algo más; la media latinoamericana es de 0,77%; la argentina: 0,62%.
Pero mientras las empresas de naciones desarrolladas financian del 50 al 75% de la I+D, las argentinas aportan el 26%. Nuestra industria no demanda conocimientos, pues está protegida por altos aranceles. El Banco Mundial criticó “la muy baja inversión de las empresas argentinas en I+D, su escasa cultura innovadora”. El reclamo científico a Macri para que cumpla la promesa electoral de destinar el 1,5% del PBI a ciencia y la técnica soslaya la inversión industrial, sin la cual la economía no crece. Ningún país desarrollado financia la ciencia sólo desde el Estado.
Houssay decía que si la universidad no investiga, si no genera conocimientos, es una “escuela técnica“. De nuestras 53 universidades públicas y 49 privadas muy pocas lo hacen, mayormente las estatales, pero con bajos recursos, pues de los 5000 millones de dólares que reciben por año sólo 33 millones van a investigación. La Universidad de San Pablo y la Autónoma de México tienen cada una entre 3000 y 4000 millones de dólares por año. Nuestras universidades públicas -donde radica el mayor valor de la economía- se declararon este año en emergencia económica, al no poder afrontar siquiera la nueva tarifa del gas.
Las grandes universidades del mundo, en cambio, reciben regalías de la industria por el conocimiento que le transfieren. Por recursos y calidad científica, las norteamericanas e inglesas privadas encabezan los rankings: Stanford, Harvard, MIT, Oxford, Cambridge, etc. El ranking mundial de universidades QS 2016 midió 916 de 81 países; las privadas argentinas están muy atrás: la Austral, en el puesto 308; la UCA, en el 310; Palermo, 352. De las 50 mejores de América latina, 17 son de Brasil; nueve, de Chile; siete, de la Argentina (ninguna entre las 10 primeras). Encabezan el ranking las brasileñas de San Pablo y de Campinas. La UBA es la argentina mejor ubicada: 85 en el ranking mundial y 11 en el latinoamericano, pero no tiene volumen de investigación transferible a la industria y no protege sus conocimientos, que los aprovechan otros países cuando se publican; en 40 años (1973-2013) la UBA sólo solicitó 35 patentes en el país y cuatro en plazas importantes como los Estados Unidos o la Unión Europea; con miles de trabajos publicados, sólo protegió uno por año. Los científicos no reclaman por esta pérdida de recursos.
Por lo expuesto, nuestra economía es insolvente: exporta bajo valor agregado, fija impuestos abusivos en desmedro de la producción, se endeuda con sucesivos defaults y emite moneda que genera inflación. Su mayor contrasentido: prescinde del conocimiento que regala al mundo.

La Nación, 28 de diciembre, 2016

Anuncian cambios en las economías de la región

por Arturo Prins

Nuevos anuncios hubo en octubre último, en Washington, en las reuniones semestrales del Banco Mundial y del FMI, a las que asistieron ministros y presidentes de bancos centrales, entre ellos Alfonso Prat-Gay y Federico Sturzenegger de la Argentina. Los países latinoamericanos coincidieron allí en la necesidad de reformar sus economías, a raíz de la caída de los precios de los commodities.
El economista jefe para América Latina y el Caribe del Banco Mundial, Augusto de la Torre, presentó su informe semestral con una fuerte recomendación a las economías de la región para que reconviertan su producción y las exportaciones. Indicó que el dinero fácil de los tiempos con precios altos para bienes primarios ha terminado y no hay indicios de que vaya a volver. Fue preciso en su afirmación: “No se ilusionen. La caída del precio de los commodities será permanente, no va a cambiar”. Y a quienes piensan en el retorno de los precios altos, les dijo: “Es el típico pensamiento de los políticos que prefieren que el mundo los ayude, antes que poner ellos en marcha los ajustes necesarios”. En la visión del Banco Mundial todo ello quedó atrás. En su informe indicó que el precio del petróleo seguirá bajo, igual que el de los minerales y alimentos, como la soja.
El FMI, a su vez, informó que las economías latinoamericanas se desaceleraron en forma considerable en 2014 y se contrajeron en 2015, previéndose una disminución de la producción para este año. El ministro de Economía de Perú, Alfredo Thorne, indicó que su país reducirá la dependencia de las exportaciones de cobre y cambiará los motores del crecimiento. El presidente del Banco Central de Paraguay, Carlos Fernández Valdovinos, dijo que están impulsando exportaciones de mayor valor agregado para no depender de los productos agrícolas, como la soja. El titular del Banco Central de Brasil, Ilan Goldfajn, coincidió en que esperar crecer por el alza de precios de los commodities es bueno pero no permanente, por lo que consideró necesario hacer reformas para aumentar la productividad.
En el caso de la Argentina, de la Torre indicó que posee “una interesante interacción entre capital humano mejor educado y tecnología”, y resaltó la aplicación que ha hecho el país para la producción de soja. Agregó que nos ve con “extraordinaria potencia para regenerar una capacidad exportadora” y recomendó también otros caminos, como “hacer más películas para Hollywood, por ser una actividad en la que los argentinos se destacan y el comienzo de una industria que puede crecer”.
También en octubre se trató en nuestro país el valor del conocimiento para crecer. Fue en el 52° Coloquio de IDEA, en Mar del Plata, donde un panel de especialistas y empresarios trató el tema “Economía del conocimiento. Explorando la frontera”. Se indicó que la economía del conocimiento está cambiando el mundo y que mientras hace diez años las principales empresas eran las que producían bienes físicos, como Exxon Mobil o General Electric, hoy las que basan su producción en los intangibles están en los primeros lugares: Apple, Microsoft, Amazon y otras.
Los cambios anunciados no deben desplazar la producción de bienes primarios. La Argentina es gran productor de soja, tercer exportador mundial; los Estados Unidos producen el doble que nuestro país y son el primer exportador mundial, pero la economía norteamericana no depende de la soja pues es tecnológicamente avanzada. De allí que los países desarrollados subsidian al campo, cuando en la Argentina el campo viene subsidiando al país.
Criterio, diciembre de 1016

Una visión sesgada de las patentes

por Arturo Prins

Destacados científicos hicieron conocer un documento titulado “Patentes: de Aristóteles a Bill Gates”, a raíz del conflicto con la empresa Monsanto por el cobro de regalías a productores que utilizan su tecnología en los cultivos de soja. Por la calidad de los firmantes y su gran alcance -lo enviaron a autoridades, instituciones, medios de comunicación y miles de investigadores- se hace necesaria una reflexión.
Como grupo de gestión de políticas de Estado en ciencia y tecnología, los científicos expresan que “con el devenir del capitalismo y sus leyes hechas a medida, comenzó la legalización de la apropiación privada del conocimiento público”, a la que consideran “legal pero ilegítima”. Sostienen que los desarrollos patentados son posibles por el conocimiento acumulado a lo largo de los siglos, desde Aristóteles, pero que sólo benefician a quienes patentan “la fase final” de ese conocimiento.
Es preciso recordar que no surgió de leyes capitalistas la decisión de la Corona británica que otorgó, en 1449, la primera patente de la historia a un mecanismo de fabricación del cristal; tampoco el Estatuto de Venecia (1474), que daba protección jurídica a los inventores, o el impulso de Victor Hugo, desde la Association Littéraire et Artistique Internationale, a la protección internacional de derechos de autor, consagrada en el Convenio de Berna para las Obras Literarias y Artísticas (1886).
El documento de los científicos cita a Aristóteles, Copérnico, Galileo, Newton, Darwin, Pasteur y Einstein, y entre nosotros, a Houssay, Leloir y Milstein, cuando indica que sin sus conocimientos la “fase final” no hubiera sido posible. Menciona a Novartis, laboratorio internacional que produce vacunas y “seguramente algo le debe a Pasteur”, o a Bill Gates, que pudo hacer lo que hizo porque “estaba parado sobre los hombros de un gigante”, parafraseando a Newton cuando expresaba que no hubiera logrado sus hallazgos sin los trabajos previos de Galileo y Kepler.
Obviamente, ningún conocimiento arranca de cero, aunque se ha constatado que los adelantos del último siglo fueron mayores a todo lo logrado en siglos anteriores. Y eso ocurrió por la enorme inversión pública y privada que en el pasado no existía. Las patentes, precisamente, protegen esa inversión, que no siempre proviene de las empresas, como da a entender el documento; la propiedad industrial también pueden obtenerla el Estado y las fundaciones, sin fines comerciales. El Estado invierte en conocimiento con los impuestos de la sociedad, y las fundaciones, con fondos de donantes.
El Conicet, por ejemplo, es entre nosotros el organismo público que más patentes posee; la UBA también tiene, aunque pocas, y la Universidad Nacional del Litoral es el máximo exponente entre las universidades nacionales. La Fundación Sales financió con el Conicet el desarrollo de una vacuna contra un grave cáncer; ambas son titulares de 21 patentes que permitirán distribuirla al mundo a través de laboratorios, que pagarán a estas instituciones regalías que permitirán nuevas investigaciones.
¿Es justo que dineros de origen fiscal o filantrópico financien a quien toma un conocimiento desprotegido y se beneficia económicamente? Las patentes protegen esos dineros. Los científicos argentinos sufren escasez de recursos, entre otras razones, por el bajísimo número de patentes que tienen las instituciones públicas donde se desempeñan, que no reciben regalías de industrias extranjeras que suelen tomar sus conocimientos desprotegidos.
Otro punto del documento menciona al argentino César Milstein, que inventó los anticuerpos monoclonales: “Las empresas que producen anticuerpos monoclonales -dice- y venden por US$ 23.000 millones de dólares al año, deben tener una deuda con Milstein, quien generosamente no los patentó porque pensaba que era un hallazgo para toda la humanidad. Sin embargo otros lo patentaron. En pocas palabras y sin eufemismos, lo robaron. Pero no sólo a Milstein, sino a la humanidad entera. Eso sí, protegidos por la ley”.
El caso merece un comentario. Para Milstein fue una mala noticia que Gran Bretaña no patentara el invento logrado con el alemán Georges Köhler, que les valió el Premio Nobel de Medicina 1984. Lo supe cuando lo visité en su laboratorio de Cambridge, en 1999. Milstein me mostró la carta de la National Research Development Corporation, fechada en Londres en octubre de 1976, cuya copia conservo. Ella dice que “si bien Köhler y Milstein sugieren que los cultivos por ellos desarrollados podrían ser valiosos para usos médicos o industriales, tal aseveración debería tomarse como un tema con potencial a largo plazo y no de aplicación inmediata que pueda desarrollarse comercialmente […]. El campo de la ingeniería genética es un área difícil desde el punto de vista de su patentamiento […]; por tanto sugerimos no tomar ninguna acción al respecto”. En poco tiempo, una industria fuera de Gran Bretaña patentaba y vendía al mundo los anticuerpos monoclonales, útiles en medicina e investigación. Milstein se lamentaba y me explicó que si el invento se hubiera patentado, como pidió la institución donde él investigaba, su sistema científico hubiera recibido enormes recursos.
No hay que ideologizar la debida protección del conocimiento con una visión sesgada, pues la propiedad industrial e intelectual beneficia a las instituciones que generan conocimiento, a las empresas que los adoptan y al país que exporta mayor valor agregado sin tener que importarlo, lo cual beneficia a todos.
La Nación, 15 de septiembre de 2016

Anuncian cambios en las economías de la región

Arturo Prins 
Director Ejecutivo de la Fundación Sales

Nuevos anuncios hubo en octubre último, en Washington, en las reuniones semestrales del Banco Mundial y del FMI, a las que asistieron ministros y presidentes de bancos centrales, entre ellos Alfonso Prat-Gay y Federico Sturzenegger de la Argentina. Los países latinoamericanos coincidieron allí en la necesidad de reformar sus economías, a raíz de la caída de los precios de los commodities.
El economista jefe para América Latina y el Caribe del Banco Mundial, Augusto de la Torre, presentó su informe semestral con una fuerte recomendación a las economías de la región para que reconviertan su producción y las exportaciones. Indicó que el dinero fácil de los tiempos con precios altos para bienes primarios ha terminado y no hay indicios de que vaya a volver. Fue preciso en su afirmación: “No se ilusionen. La caída del precio de los commodities será permanente, no va a cambiar.” Y a quienes piensan en el retorno de los precios altos, les dijo: “Es el típico pensamiento de los políticos que prefieren que el mundo los ayude, antes que poner ellos en marcha los ajustes necesarios.” En la visión del Banco Mundial todo ello quedó atrás. En su informe indicó que el precio del petróleo seguirá bajo, igual que el de los minerales y alimentos, como la soja.

El FMI, a su vez, informó que las economías latinoamericanas se desaceleraron en forma considerable en 2014 y se contrajeron en 2015, previéndose una disminución de la producción para este año. El ministro de Economía de Perú, Alfredo Thorne, indicó que su país reducirá la dependencia de las exportaciones de cobre y cambiará los motores del crecimiento. El presidente del Banco Central de Paraguay, Carlos Fernández Valdovinos, dijo que están impulsando exportaciones de mayor valor agregado para no depender de los productos agrícolas, como la soja. El titular del Banco Central de Brasil, Ilan Goldfajn, coincidió en que esperar crecer por el alza de precios de los commodities es bueno pero no permanente, por lo que consideró necesario hacer reformas para aumentar la productividad.

En el caso de la Argentina, de la Torre indicó que posee “una interesante interacción entre capital humano mejor educado y tecnología”, y resaltó la aplicación que ha hecho el país para la producción de soja. Agregó que nos ve con “extraordinaria potencia para regenerar una capacidad exportadora” y recomendó también otros caminos, como “hacer más películas para Hollywood, por ser una actividad en la que los argentinos se destacan y el comienzo de una industria que puede crecer”.

También en octubre se trató en nuestro país el valor del conocimiento para crecer. Fue en el 52° Coloquio de IDEA, en Mar del Plata, donde un panel de especialistas y empresarios trató el tema “Economía del conocimiento. Explorando la frontera”. Se indicó que la economía del conocimiento está cambiando el mundo y que mientras hace diez años las principales empresas eran las que producían bienes físicos, como Exxon Mobil o General Electric, hoy las que basan su producción en los intangibles están en los primeros lugares: Apple, Microsoft, Amazon y otras.

Los cambios anunciados no deben desplazar la producción de bienes primarios. La Argentina es gran productor de soja, tercer exportador mundial; los Estados Unidos producen el doble que nuestro país y son el primer exportador mundial, pero la economía norteamericana no depende de la soja pues es tecnológicamente avanzada. De allí que los países desarrollados subsidian al campo, cuando en la Argentina el campo viene subsidiando al país.

Revista Criterio, Diciembre de 2016