Lic. Arturo Prins

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Lic. Arturo Prins

Brasil, un caso notable y complejo

Por Arturo Prins

Hoy Brasil se conoce no sólo por su jugo de naranja, sino por las exportaciones de jets que compiten con los estadounidenses y europeos”, escribía el economista norteamericano Jeffrey Sachs en 2004, al considerar el despegue económico de Brasil como uno de los más notables de la historia del desarrollo internacional.

El país tenía un crecimiento casi nulo desde 1980, con bajas exportaciones, empresas que operaban mayormente en el mercado interno, inflación e importante deuda pública. Fue el presidente Fernando H. Cardoso quien consideró que la política de desarrollo no podía estar aislada del sistema de ciencia y técnica, que desde 1960 había incrementado su actividad y también el número de científicos pero sin incidir en la economía. Como la inversión en investigación y desarrollo (I+D) era baja, decidió impulsar una economía del conocimiento: financiar la innovación para incorporar valor agregado y competitividad al comercio internacional, con empresas nutridas de conocimientos.

En su primer mandato (1997) privatizó el sector público con inteligencia: las empresas estatales de petróleo y gas, energía eléctrica y telecomunicaciones tenían centros de I+D; al privatizarse, el Estado los retuvo; más aún, fijó que una parte de los ingresos de las nuevas empresas prestadoras financiara la I+D de esos centros. Así protegía y no enajenaba el patrimonio intelectual local, un capital social. La Argentina hizo lo contrario: privatizó YPF y desmanteló el centro de I+D en Florencio Varela, dependiendo tecnológicamente de Repsol.

En su segundo mandato (1999) Cardoso designó al ingeniero y economista Carlos A. Pacheco (profesor de la Universidad de Campinas) para que, junto al ministro de Ciencia y Técnica, Ronaudo Sardenberg, ampliara la acción. Se elaboró un conjunto de 20 proyectos de ley que el Poder Ejecutivo elevó al Parlamento con carácter de “urgencia constitucional”. En tiempo record, los bloques sancionaron por unanimidad un sistema de financiamiento para el desarrollo tecnológico, a través de un nuevo modelo: los fondos sectoriales en grandes áreas de la economía.

El primer fondo fue el de Petróleo y Gas (1999), que inspiró el de Energía Eléctrica (2000), Telecomunicaciones (2001) y luego los de Transportes, Recursos Hídricos, Minerales, Actividades Espaciales, Informática, Salud, Agronegocios, Biotecnología y Aeronáutica. A estos doce se sumaron el Fondo Verde Amarelo, el más importante pues no es sectorial y promueve la relación universidad-empresa, y el Fondo de Fondos que da infraestructura de investigación a los fondos sectoriales. Brasil fue así el primer país latinoamericano que alcanzó el 1% de inversión del PBI en I+D: 1,04% (2000) y 1,24% (2012); la media latinoamericana es de 0,74%; la Argentina no llega al 0,60%. También se incrementó la inversión en I+D de empresas, que aportan el 43,1% del total (Argentina: 21,3%). Brasil es la primera economía latinoamericana y la séptima del mundo.

Cardoso concluyó su mandato en 2002. Pacheco vino en 2003 a Buenos Aires a explicar lo realizado. Personalmente lo visité en 2004, en la Universidad de Columbia, donde se desempeñaba. Presidía Brasil Luis Inacio Lula da Silva. A su juicio, Lula continuaba la acción de Cardoso –era una política de Estado– pero con cierta lentitud. De allí en más la historia es reciente. La corrupción sin límites generó una crisis político-económica, que Cardoso calificó “de muy difícil salida”.
La economía, por notable que haya sido, se torna compleja cuando surge una profunda crisis moral.

© Criterio, 2016

Bolivia: un ejemplo a seguir

Por Arturo Prins

En artículos anteriores (CRITERIO N° 2420-21) vimos que América Latina tiene una economía pobre pues exporta mayormente materias primas con poca innovación. El Banco Mundial advirtió que “la región está en la cola de la innovación” y si no realiza reformas “mantendrá la desaceleración económica”. En el último número (2422) mostramos que Brasil fue una excepción, cuando el presidente Fernando H. Cardoso entendió que el desarrollo no podía aislarse del sistema de ciencia y técnica e impulsó una economía del conocimiento con buenos resultados, amenazados hoy por la corrupción.
Bolivia, uno de los países más pobres, decidió recorrer ese camino. El presidente Evo Morales anunció en septiembre pasado que “habiéndose consolidado la liberación política, democrática y económica, la liberación científica tecnológica es ahora un sueño, una reivindicación para industrializar las materias primas del país”. Agregó que Bolivia tiene las condiciones para garantizar esa política y firmó el Decreto Supremo 2100 para otorgar 100 becas de post grado por año, a profesionales destacados de universidades públicas y privadas. Ellos concursarán para realizar maestrías y doctorados en las mejores universidades del mundo. A su regreso aportarán innovaciones a empresas de energía, alimentos, agrícolas, de telecomunicaciones, satelitales y otras que requieran tecnologías de punta. También dictarán cursos para replicar los conocimientos adquiridos. “A este día –dijo Morales al firmar el decreto– se lo considerará en el futuro un hecho histórico; Bolivia tendrá una comunidad científica que acompañará nuestras decisiones para impulsar el desarrollo industrial; será una nueva yunta, diría yo”.
Desde 2011 el país impulsa en las escuelas secundarias el interés por la ciencia, a través de las Olimpíadas Científicas Estudiantiles. En la primera participaron 50 mil jóvenes y en la de 2015 más de 300 mil. Esta última, realizada en La Paz en octubre, permitió al vicepresidente Álvaro García Linera reafirmar la decisión de impulsar una nueva economía. Sus palabras a los estudiantes deberían ser escuchadas por los dirigentes de la región: “Lo que está en la cabeza –dijo– vale más que una fábrica. Lo que está en el cerebro de un científico vale más que el dinero de un banco. Una idea, una creatividad, un diseño o un invento generan más dinero que todo el petróleo, que todo el mineral que podamos sacar en 5 ó 20 años. (…) El siglo XXI va a ser de las sociedades que tengan más científicos, más gente formada en las áreas científico-tecnológicas. (…) Los jóvenes que están aquí son lo mejor que tiene Bolivia en ciencias exactas, y los medallistas son la crema de los estudiantes, los mejores de los mejores. (…) Mantengan este cariño por las ciencias exactas porque como gobierno hemos trazado un plan para favorecer, reforzar y premiar a los mejores (…) Nos hemos propuesto construir la Bolivia del siglo XXI, que se hará con cerebro, cabeza, ciencia y tecnología. Ustedes hagan bien su universidad; nosotros apoyaremos bien vuestras maestrías y doctorados”.
El Vicepresidente declaró luego: “Vamos a cambiar el modo de producción; crearemos una nueva generación de estudiantes preparados para la economía del conocimiento. Los procesos latinoamericanos asumen que hay que hacerlo”. Y felicitó al ministro de Educación, Roberto Aguilar, por cumplir la decisión del presidente Evo Morales de reunir a los “cerebros del país” en las mencionadas Olimpíadas.
Así Bolivia articula la educación con la ciencia para favorecer una economía de crecimiento.
© Criterio, 2016