Lic. Arturo Prins

Lic. Arturo Prins
Lic. Arturo Prins

Seria advertencia del Banco Mundial

Arturo Prins 
Director Ejecutivo de la Fundación Sales

Un informe alarmante del Banco Mundial –El emprendimiento en América Latina: muchas empresas y poca innovación–describe un hecho que, de no modificarse, amenaza el futuro de la región. El documento, explicado en estos días por el economista jefe para América Latina y el Caribe (ALC) de dicho Banco, Augusto de la Torre, señala que la situación afecta seriamente las exportaciones y el crecimiento económico. ¿Cómo se explica esto?

Del informe se desprende que la región carece de una economía que exporte nuevas tecnologías, productos manufacturados, alto valor agregado. Vende mayormente materias primas con poca innovación. Por varias razones sus habituales importadores redujeron las demandas –el crecimiento económico de China bajó, la crisis en los Estados Unidos limitó compras, etc.– por lo que los precios de las materias primas declinaron. Así el PBI de América Latina y el Caribe, que venía creciendo, declinó del 6 al 2,5% en el último año medido. El economista de la Torre indicó que la región “ya no puede contar con el exterior para crecer y, como carece de herramientas alternativas, mantendrá la desaceleración económica si no realiza reformas.”
El Banco Mundial señala que la región introduce productos nuevos a un ritmo menor que otras regiones en desarrollo, e invierte muy poco en I+D (Investigación y Desarrollo). Las empresas multinacionales chinas aportan a I+D 34 veces más que las multinacionales latinoamericanas, a excepción de Brasil, y las multinacionales de los países más desarrollados 40 veces más. Por eso “América Latina y el Caribe están en la cola de la innovación”.

José Miguel Benavente, especialista en innovación y competitividad del BID, explica que la región se conforma con exportar su riqueza autóctona sin transformarla y no se preocupa por hacer otro tipo de productos innovadores para exportar; es su mayor riego. Señala el escaso capital humano cualificado, aun entre los dueños de empresas. En ese sentido, el informe del Banco Mundial indica que si bien tienen empresarios transformadores, no logran insertarse en las grandes empresas debido a la pobreza de la región; trabajan en forma autónoma sin generar valor agregado. Las empresas de cualquier tamaño son más pequeñas que las de otras regiones, y las más grandes no crean empleo como en los países avanzados; las de 40 años de antigüedad empiezan a destruir empleo, retroceden. Las empresas medianas, a los 40 años de vida, emplean a 110 personas promedio; las de Asia oriental a casi 170; las de Europa oriental a 220 y las de países desarrollados a 250.

El panorama es desolador si se tiene en cuenta que la dirigencia política de América Latina y el Caribe no comprende el problema ni adopta estrategias para implementar la economía del conocimiento, con la que países asiáticos muy pobres y otros salieron adelante. Miremos a la Argentina, la que más Premios Nobel en ciencias tuvo en Iberoamérica, con universitarios y economistas destacados, tampoco comprende el problema. Andrés Oppenheimer, periodista y autor de libros sobre el tema, escribió recientemente: “América del Sur se quedó dormida mientras el mundo marchaba hacia la economía del conocimiento; los presidentes deberían cambiar de estrategia económica y producir bienes de mayor valor agregado; lamentablemente siguen hablando del pasado, ajenos al mundo que se viene.”
Hay una excepción: Brasil, al que nos referiremos en un próximo artículo, y Bolivia –sí Bolivia, uno de los países más pobres de la región– que ha expresado una decisión política-económica que también comentaremos.

Revista Criterio

China superó a Japón

Arturo Prins

Cuando se leen los temas que tratan los economistas chinos y los objetivos de su país, y se los compara con nuestros discursos, se entiende por qué China pasó a ser la segunda economía del mundo y nosotros descendimos tan abajo.
Cai Fang, economista de la Academia de Ciencias Sociales de China, decía: “Es necesario dejar que las grandes ideas fluyan para impulsar el crecimiento”. Bai Chong-en, también economista de la Universidad de Tsinghua, afirmaba: “En la innovación se dan hallazgos inesperados. Se necesitan muchos participantes pues sólo una de mil ideas logra éxito.” Justin Yifu Lin, ex economista jefe del Banco Mundial, profesor de la Universidad de Beijing, indicaba que China podía seguir creciendo imitando las tecnologías occidentales pero produciéndolas mejor a un costo menor.
Innovación, tecnologías, conocimientos, conceptos ausentes entre nosotros, apenas visibles en el nombre de nuestro Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva.
El dinamismo manufacturero de China hizo que el presidente Xi Jinping anunciara el cambio del modelo Made in China por el de Designed in China. O sea pasar de una producción a escala con mano de obra barata, a otra de más capital, creación y alta tecnología. Así lanzó una campaña para atraer cerebros “fugados” y dos mil profesionales “expertos globales” en ciencia y educación especialmente, sabiendo que irán a un país exótico, con problemas de contaminación y barreras idiomáticas. El objetivo es que “el país pase de ser un manufacturero de cantidad a otro de calidad”, decía el primer ministro Li Keqiang a la Asamblea del Pueblo, al presentar el plan en marzo pasado. Afirmó: “Buscaremos el desarrollo impulsado por la innovación con tecnología inteligente”.
Ya hacía décadas que China venía aplicando estas políticas, a través de sus ministros de ciencia y tecnología, en exploración espacial, supercomputadoras y tecnología militar. Ahora desean impulsar la biotecnología, energías alternativas y otras áreas. En industria automotriz, el Chery TX recibió en 2013 el premio al “Mejor auto concepto del año”, en la feria de Ginebra. Alibaba es una de las empresas electrónicas más rentables del mundo, y Tencent o Huawei marcan tendencias tecnológicas y de telecomunicaciones.
China ya es el segundo país que más invierte en Investigación y Desarrollo (I+D), habiendo desplazado de ese lugar a Japón, también tercera economía mundial. Según la OCDE (Organización para el Crecimiento y Desarrollo Económicos), entre 2008 y 2012 China duplicó la inversión en I+D y se propone ser primer inversor en 2019. Estados Unidos lo es con US$ 344 mil millones, seguida de China con US$ 223 mil millones y Japón con US$ 115 mil millones, valores expresados por paridad de poder adquisitivo, el sistema más adecuado para medir inversiones.
China basa su desarrollo en la investigación, con 3,2 millones de científicos que aumentan de manera impresionante su producción, medida por las publicaciones que crecen año a año según Science Citation Index. Si bien el ingreso per cápita chino es semejante al de países en vías de desarrollo, su inversión en I+D es comparable a la de las naciones más avanzadas. Así el crecimiento y la industrialización sacaron de la pobreza a 500 millones de chinos. Su PBI (2013) fue de US$ 9,2 billones; el de los Estados Unidos de US$ 16,8 billones; los dos más altos del mundo. Claro, hay que decirlo, ambos son los que más invierten en investigación y tecnología militar para la guerra y la defensa.
© Criterio, 2015

Asia ya no es el continente más pobre

Arturo Prins 
Director Ejecutivo de la Fundación Sales

Asia fue históricamente el continente más pobre, con elevado analfabetismo y poblaciones sufridas por guerras y divisiones, con territorios de escasos recursos naturales y pocos suelos fértiles, sin industrias innovadoras ni tradición cultural y universitaria para valerse del conocimiento.
Japón, sin embargo, desafió esas condiciones y en los años 50 fue el primer país asiático en adoptar la economía del conocimiento, por la que llegó a ser segunda potencia industrial del mundo. En los años 60, Corea del Sur, Singapur, Taiwán y Hong Kong lo imitan y obtienen crecimientos tan impresionantes que los apodaron los “tigres” o “dragones” asiáticos. Malasia, Tailandia, Indonesia, Filipinas y Vietnam deciden, en los años 90, abandonar sus economías primitivas y también imitar a sus vecinos por lo que los llaman “nuevos tigres” o “tigres menores”; un punto débil: suelen pagar bajos salarios, con largas jornadas laborales y pocos beneficios sociales.
Israel, otro protagonista, es el segundo país del mundo en disponibilidad de capitales de riesgo (venture capital) para empresas innovadoras de base tecnológica. China, en la tradición confuciana el “gran dragón”, en 2006 supera a Japón como segunda economía tras años de inversión en conocimiento.

Asia es así el mayor inversor en I+D (Investigación y Desarrollo): en 2012 aportaba el 36,1% del total mundial, superando a los Estados Unidos-Canadá y la Unión Europea, que invertían el 31,1% y 26,6%, respectivamente. Muy atrás, América Latina-Caribe (3,5%), África (1,6%) y Oceanía (1%). Algunos puntos que explican lo ocurrido:

1) Cuando Corea del Sur impulsó su Primer Plan Económico (1962) era muy pobre e invertía en I+D el 0,2% del PBI. En 2013 encabeza el ranking mundial con el 4,36% y su economía es de las primeras del mundo y la segunda de Asia en atracción de capitales, después de Singapur.
2) La isla de Taiwán se separó de China comunista en 1949. Su vicepresidente en 1995 decía: “La única riqueza que teníamos eran nuestros ahorros y las reliquias del Museo Nacional de China que trajimos de Pekín. Decidimos invertir en educación y ciencia; enviamos jóvenes a estudiar al extranjero, sobre todo a los Estados Unidos, con la condición de volver y trabajar por Taiwán. Ello nos permitió desarrollarnos.”
3) Singapur era puerto de piratas y contrabandistas hasta que sentó las bases de su prosperidad en 1965, tras independizarse de Malasia. El “milagro de Singapur” lo explica Lee Kuan Yew, presidente de esta pequeña ciudad-estado, en su libro La historia de Singapur: dice que dedicó sus esfuerzos a crear una generación con “alta preparación científica”, proponiéndose atraer investigadores de todo el mundo.
4) Malasia, uno de los “nuevos tigres” tuvo el crecimiento más veloz. A pesar de poseer petróleo, gas y recursos forestales, dos tercios de sus exportaciones son de alto valor agregado.
5) Tailandia, tradicional exportador agrícola, desarrolló tecnologías y su economía es de las más diversificadas de la región.
6) Los asiáticos promovieron la educación. En las PISA 2013 obtuvieron los mejores puntajes; los estudiantes de Sanghai fueron primeros en matemáticas, seguidos por los de Singapur, Hong Kong, Taipei, Corea del Sur y Japón. Europeos y americanos estuvieron por debajo.

Juan Enríquez, director de Life Sciences Project at Harvard Business School, decía: “No es necesario tener riquezas naturales para ser rico; no se puede serlo sin exportar conocimiento; hay que resignarse a ser pobres o educar a la población.

Revista Criterio, Octubre de 2015

La ciencia, desafío del próximo gobierno

Por Arturo Prins

Pronto concluirá la gestión del primer ministro de ciencia que tuvo la Argentina. Cuando se designó a Lino Barañao destacamos en esta página su participación como científico en una innovación en la que pocos creían, que luego se transfirió a la industria: la clonación de una vaca que producía en su leche hormonas de crecimiento humanas para combatir enfermedades. La Argentina fue uno de los pocos países que lograron un avance de esta importancia, que tendrá impacto económico cuando se apruebe el uso en humanos de esas hormonas. Barañao se anticipó a su época, pues la investigación biotecnológica era entonces poco comprendida.

Desde esa experiencia, se preocupó de construir puentes entre ciencia y producción. “Que el conocimiento llegue a la sociedad y sea factor de crecimiento”, se propuso. “El sistema académico obtiene conocimientos; la industria los toma y los convierte en bienes o servicios que llegan al ciudadano común.” Resumía así el proceso de I+D (investigación y desarrollo) que la OCDE definió en 1963 para medir el crecimiento por la relación ciencia-industria. Al iniciar su gestión, Barañao reiteró que debía favorecerse una economía del conocimiento: “Una política de Estado que el país nunca tuvo”, decía. Singapur, Corea del Sur, Taiwán y Hong Kong aplicaron esta economía en los años 60. Se los llamó “tigres” por el impresionante crecimiento alcanzado: de 1960 a 2014 sus PBI reales aumentaron entre 1400% (Hong Kong) y 4900% (Singapur); el de la Argentina, 330%. En estos años crecimos menos que gran parte de los países de América latina. El economista Jeffrey Sachs decía, tras la crisis de 2001: “La Argentina está estancada en una economía tecnológicamente atrasada”.

Los países desarrollados invierten del 2 a más del 4% de sus PBI en I+D; los rezagados no llegan al 1%, punto de partida para lograr una economía avanzada. La Argentina no supera el 0,65%, debajo de la media latinoamericana (0,74%). En 2003 el Gobierno anunció que llegaría al 1% en 2006, y continúa anunciándolo.

Para crecer es necesaria la inversión de la industria: en los países desarrollados ella aporta del 50 a más del 70% del total en I+D; en la Argentina, 26%. Nuestro Estado alimenta instituciones científicas mayormente desconectadas de la industria. Razones: tenemos pocas grandes empresas, el sector se ha extranjerizado y la industria nacional está protegida con altos aranceles que le aseguran un mercado interno cautivo, sin necesidad de innovar. El Banco Mundial señaló “la muy baja inversión de las empresas argentinas en I+D”, su escasa cultura innovadora. Por eso la mayor parte de nuestras exportaciones son de bajo valor agregado, proporción similar a la de Etiopía, Uganda, Nicaragua o Panamá.

A pesar de estos indicadores, la gestión en ciencia desde 2003 fue la mejor desde aquella fundacional de Bernardo Houssay, que creó el Conicet y la carrera del investigador científico (1958). Se incrementaron presupuestos, institutos, becas, equipamientos y se creó el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva. Aunque hay una asignatura pendiente: los bajos salarios de los investigadores. ¿Se estima, cuando emigran, el costo de su formación y el beneficio de retenerlos? Si valiosa fue la gestión en ciencia, insuficiente lo es en tecnología e innovación productiva, pues no se implementó “la política que el país nunca tuvo”. Barañao no fue escuchado: faltaron decisión presidencial y partidos políticos que aseguraran su continuidad, con la participación no sólo del Ministerio de Ciencia, sino también de los de Industria, Agricultura y Economía, que ante la insolvencia recurre a deudas improductivas, emisión y más impuestos; el Congreso tampoco debatió una legislación acorde.

Consecuencia o causa de esta insuficiencia es nuestra baja protección del mayor valor de la economía, el conocimiento. Esto priva a la industria de ingresos que en los países desarrollados obtiene por patentar innovaciones, y a las universidades y científicos, de recursos cuando priorizan publicar sin proteger, no siendo acciones contrapuestas. En la Universidad Nacional de Quilmes se comprobó que avances en biomedicina, publicados sin protección, fueron patentados por laboratorios y universidades del exterior; los autores de la investigación, difundida en el Journal of Technology Management & Innovation, 2012 (Vol. 7, Issue 2), calificaron el hecho de “inteligencia regalada”, pues fue subsidiada con fondos públicos. ¿De qué vale incrementar presupuestos en ciencia si no se recogen sus frutos o, peor aún, se los regala?

Las patentes reflejan la potencialidad científica e industrial de una nación: las instituciones y empresas argentinas solicitan unas 800 por año en el país, mientras que las empresas extranjeras, más de 4000, también en el país.

La UBA y el Conicet son las instituciones que más recursos destinan a la ciencia. La UBA financia 2000 investigaciones y solicitó en el país sólo 35 patentes en 40 años (1973-2013): 21 le fueron concedidas (fuente: Instituto Nacional de la Propiedad Industrial); en plazas importantes como Estados Unidos y la Unión Europea solicitó 4 (3 concedidas). El Conicet, en cambio, en 38 años (1977-2015) solicitó en el país 351 patentes (131 concedidas) y en el exterior tiene 80 concedidas (10 en Estados Unidos, 27 en Unión Europea); varias ya le generan ingresos. El Conicet tiene un área especializada, pero debería dotársela de más recursos para proteger más. Si queremos crecer sostenidamente, será un desafío del próximo gobierno implementar la economía del conocimiento.

La Nación, 14 de octubre, 2015

América Latina, muy poco innovadora

Arturo Prins 
Director Ejecutivo de la Fundación Sales

En notas anteriores (CRITERIO N° 2414 a 2418) mostramos cómo Asia, históricamente el continente más pobre, superó esta situación tras implementar la economía del conocimiento. Con innovación, ciencia y tecnología, Japón, China, Corea del Sur, Singapur, Israel y otros países ubicaron sus economías entre las más avanzadas.

América Latina y el Caribe (ALC), en cambio, tiene un histórico rezago que la ubica entre las regiones más subdesarrolladas, de economías primarias. Una investigación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) indica que ello representa un problema importante pues “la innovación es un componente fundamental para el desarrollo económico y factor clave para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.” Cuatro razones explican la situación:

1) Deficiente educación: las pruebas PISA muestran bajos resultados en la región, sobretodo en ciencias y matemáticas. Los alumnos que cursan la enseñanza primaria son mayormente pobres y habitan zonas rurales; suelen abandonar los estudios por verse obligados a contribuir al sustento familiar o porque viven en localidades sin escuelas secundarias. Ello afecta la disponibilidad de estudiantes formados, en condiciones de ser futuros investigadores o técnicos capacitados.
2) Pocos ingenieros: la ingeniería desempeña un papel principal en el progreso tecnológico. Es una profesión que está en el centro de las actividades de innovación: la mayoría de los productos y servicios innovadores surge de emprendimientos empresariales promovidos por ingenieros. México, Colombia y Chile son una excepción en cuanto al número de ingenieros; la Argentina y Brasil, notablemente, están muy por debajo.
3) Escasa inversión en Investigación y Desarrollo (I+D): ALC aporta sólo el 3,5% del total mundial en I+D, esencial en la economía del conocimiento; Asia el 36,1%. Las industrias latinoamericanas invierten poco; el mayor aporte lo hacen los gobiernos en universidades e instituciones públicas, que generan conocimientos pero no producen los bienes para crecer. En los países avanzados, en cambio, la mayor inversión es empresaria y la transferencia de conocimientos a la industria desarrolla las economías.
4) Pocas patentes: el conocimiento no se protege debidamente. En la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos (USPTO) la formalización de patentes de ALC crecía a una tasa anual promedio del 3%, muy inferior a la de los países de la OCDE (7%) y al conjunto de países RIIC (Rusia, India, Indonesia y China) (13%).

En ALC, tres países concentran más del 90% del total invertido en I+D: Brasil (66%), México (16%) y la Argentina (10%); el resto invierte el 8,8%. La región es muy poco innovadora: las exportaciones de manufacturas cayeron de 72,3% en 2000 a 58,6% en 2014. “Nos hemos vuelto demasiado dependientes de las materias primas”, decía el director de desarrollo económico de la CEPAL, Daniel Titelman. Un reciente estudio (diciembre 2014) indica que el 98% del valor de las exportaciones de Venezuela proviene de materias primas; el 86% en Ecuador, 79% en Colombia, 72% en Bolivia, 70% en la Argentina y Perú, 63% en Chile y 52% en Brasil; la excepción es México donde el 17% del valor exportado proviene de materias primas. Un informe del Banco Mundial dice: “La baja innovación de las empresas latinoamericanas, hará que la región no pueda contar ya con sus exportaciones para crecer. Si América Latina sigue especializándose en los recursos naturales, quedará a la zaga, en la vieja economía de crecimiento más lento.”

Revista Criterio

Los “tigres asiáticos”

Arturo Prins

El economista Jeffrey Sachs decía, en un reportaje publicado en La Nación, tras nuestra crisis de 2001: “Entendí mejor a América latina cuando la comparé con Asia, más decidida al desarrollo de la ciencia y al impulso de la educación. ¿Entenderán los líderes políticos argentinos que el país necesita una nueva economía internacionalmente competitiva, una economía del conocimiento?
En artículos anteriores (CRITERIO N° 2414/15/16) nos referimos a exponentes asiáticos de esa economía –Japón, China y Corea del Sur– que les permitió reducir la pobreza y ubicarse entre las naciones más avanzadas.
Corea, Hong Kong, Singapur y Taiwán lograron por esa vía un desarrollo regional tan rápido que se los llamó los “tigres” o “dragones” asiáticos. Un estudio de 2004, con indicadores del Banco Mundial, comparaba el crecimiento de esos países con el de la Argentina. Las cifras impresionan y de ellas se deduce por qué Sachs comprendió lo que nos ocurría. Veamos: el estudio muestra que, en 44 años de haber implementado la economía del conocimiento, los “tigres” tenían un incremento de sus PBI de entre 1.700 y 2.500% (promedio anual: 7 a 8%); la Argentina crecía en el mismo período 125% (2% anual). Mientras el aumento del ingreso per cápita de los asiáticos, tras 20 años de aplicar la mencionada economía, era de entre 800 y 1.400%, el de la Argentina llegaba a 59% también en 20 años (1960-79) y a 66% en 42 años (1960-2001).
Los “tigres”, a diferencia de la Argentina, tienen reducidas superficies en el sudeste asiático, con clima tropical y sub-tropical húmedo, escasos recursos minerales y muy pocos suelos fértiles. Sólo el 7% de las tierras de Hong-Kong son cultivables, el 22% de las de Corea y el 25% de las de Taiwán; la pobreza de las de Singapur hizo que el país desarrollara modernas técnicas de cultivo con muy buenos resultados. Ellos emplean así su inteligencia para enfrentar la escasez natural. Nuestro inmenso territorio no nos exigió esa imaginación. Exigidos por las limitaciones, los “tigres” crearon una industria manufacturera que compitió internacionalmente y produjo uno de los crecimientos regionales más importantes de la historia económica.
Japón fue primero en Asia en lograr un desarrollo que lo llevó a ser segunda potencia económica del mundo, con industrias que incorporaban el conocimiento, como pedía Sachs. Los “tigres” siguieron el modelo japonés con resultados a la vista:
  • 1) Hong-Kong, colonia británica hasta 1997, desde los años ´50 vivió un proceso de industrialización muy reconocido, que la consolidó como centro financiero del sudeste asiático por la creciente confianza en su Bolsa.
  • 2) Taiwán, en los años ´50 tenía una economía básicamente agrícola; desde 1962 hizo reformas para impulsar sus industrias, primero mayormente textiles y luego con productos de alta tecnología.
  • 3) Singapur, tras independizarse del Reino Unido (1965), adoptó políticas orientadas a las exportaciones, en especial en el área electrónica y farmacéutica.
  • 4) Corea comenzó su despegue en los años ´70 y de los “tigres” es el que llegó más alto entre las economías del mundo. Es muy competitiva su industria electrónica y automotriz.

Algunos economistas piensan que estos hechos pueden dar lugar al nacimiento del Siglo de Asia. Otros indican que la presencia del Estado es allí muy intensa, con elevados niveles de corrupción que podrían deteriorar lo logrado.
La Argentina, también objeto de estas críticas, sigue estancada, por lo que debería poner inteligencia en su escasez económica.
© Criterio, 2015

Israel, de los primeros y ante un serio riesgo

Arturo Prins 
Director Ejecutivo de la Fundación Sales

Israel es uno de los países del mundo que más invierte en I+D (Investigación y Desarrollo) en relación al PBI: 4,25%. Estados Unidos, China y Japón aportan el 2,79%, 1,94% y 3,35%, respectivamente, pero destinan más fondos pues sus PBI son mayores.
Israel tiene profesionales muy calificados y cuenta con la mayor concentración de ingenieros del mundo (135 por cada 10.000 habitantes). El gobierno promueve la actividad empresaria y la inversión extranjera, de la que un 7% se destina a I+D. El inversor del exterior tiene libertad de establecerse, salvo en las industrias de defensa y telecomunicaciones; puede adquirir tierras e inmuebles; se le indica que la posibilidad de expropiación es baja y que las compensaciones no son arbitrarias; hay incentivos y créditos en especial a quienes invierten en I+D y altas tecnologías.

Así, Apple abrió al norte de Tel Aviv su segundo centro de I+D fuera de los Estados Unidos –tiene otro en Japón– con cientos de ingenieros. Tim Cook, director ejecutivo de la empresa, les decía: “Apple está en Israel porque aquí el talento en ingeniería es increíble. Sois notablemente importantes para lo que hacemos y creamos.” I+D e innovación son los principales motores del crecimiento de Apple. En 2013 ocupaba el puesto 46 en el ranking mundial de inversión empresaria en I+D; este año ascenderá a los primeros lugares pues en el primer trimestre invirtió US$ 2.000 millones y estima llegar a US$ 8.000 millones a fin de año (33% más que en 2014). La inversión anual en I+D de la Argentina (gobierno y empresas) es menor que la de Apple, teniendo nuestro país muy bajo número de ingenieros. El diputado Alberto Asseff (UNIR) acaba de presentar un proyecto de ley para promover los estudios en todas las ingenierías y así ayudar a implementar una economía del conocimiento, dice en los fundamentos.

Israel es, además, el segundo país del mundo en cuanto a disponibilidad de capitales de riesgo (venture capital) que se aplican a empresas innovadoras de base tecnológica o startups, que surgen de las llamadas “incubadoras”. En 2013 nacían en Israel dos startups por día, con la consiguiente generación de empleo, con “dineros semilla” de entre US$ 200 mil y US$ 1 millón que recibía cada empresa.

El estudioso español Javier Megias se preguntaba de dónde provenía tal capacidad inversora. No lo convencía la respuesta de que “los judíos tienen mucho dinero”. Visitó Israel y entrevistó al padre del venture capital y de las “incubadoras”, Yigal Erlich, que explicó cómo el gobierno diseñó en 1992 un inteligente programa con fondos públicos y privados, más aportes extranjeros, que permitieron la creación de 5.000 startups con una inversión de US$ 26 billones. El programa generó una fuerte industria del venture capital y fue imitado por países innovadores como Corea, Taiwán, Australia y otros. Megias concluyó que no había una única respuesta para comprender este hecho, aunque no dudó de que la Yozma (“iniciativa” en hebreo) había sido determinante.

Pero Israel tiene un serio riesgo. Según un reciente informe de la ONU, la guerra contra Gaza en julio de 2014 y el consecuente boicot internacional, hizo caer la inversión extranjera: en 2013 los flujos aumentaron 48% (US$ 11.800 millones) mientras que en 2014 cayeron 46% (US$ 6.400 millones). En 55 días de guerra murieron 2.130 palestinos, incluyendo mujeres y niños; hubo 11.000 heridos y medio millón de habitantes de Gaza fueron desplazados por los bombardeos. La economía, así, no se desvincula de la política.

Corea, el Milagro del Río Han

Arturo Prins

En los años ‘60 Corea del Sur era uno de los países más pobres del mundo. Con una economía agraria, en un pequeño territorio (93.600 km2) tras la división sufrida por la Guerra de Corea (1950) y con pocos recursos naturales, tenía un ingreso per cápita de apenas 150 dólares.
Desde 1975 implementó una transformación que logró un crecimiento tan espectacular, que fue denominado el “Milagro del Río Han”, afluente que atraviesa Seúl. Fue el resultado de una gran inversión en Investigación y Desarrollo (I+D), especialmente del sector privado, que incrementó el número de científicos que aportaron innovaciones y tecnologías a una industria incipiente.
Corea sorteó así la crisis asiática de 1997. El economista español Javier Santiso, vicepresidente de ESADEgeo, lo explica en un reciente artículo en El País (18/2/15) y pide al Gobierno que siga el ejemplo coreano para superar la crisis. Transcribo sus conceptos más interesantes: “En 1960 Corea del Sur era más pobre que España (…) El año pasado, en 2014, Corea ya superó a España en el ranking mundial del PIB. (…) Corea padeció un infarto masivo, un derrame cerebral, que casi se lleva la economía por delante, la Bolsa y la vida. Nosotros lo vivimos en 2008, ellos en 1998 (…) Es interesante aprender lo que ellos hicieron entre 1988-2003, y lo que nosotros hicimos entre 2008-13. (…) La goleada es rotunda, como la final de Alemania y Brasil del último Mundial (7 a 1). Nos podremos consolar por tener una selección que ganó un Mundial (Corea no) y ostentar dos de los mejores clubes de fútbol del mundo (Corea no tiene ninguno). Pero en la liga económica, en innovación, educación, digitalización, internacionalización, Corea nos golea (…)
Ellos, en medio del infarto, subieron la dosis de educación e innovación; nosotros la recortamos. (…) aumentaron más de un 50% la inversión en I+D entre 1998-2003 (…) nosotros la bajamos casi un 10%. (…) Habría que combinar nuestra alegría y don para la felicidad –en esto estamos en la primera liga mundial– con más pujanza en innovación y tecnología. (…) En vez de empeñarnos en atraer casinos deberíamos esforzarnos por atraer industrias (…) Seríamos entonces un país verdaderamente único: competitivos como el surcoreano, innovadores como el israelí y felices como el español”.
Efectivamente, las políticas coreanas llevaron el ingreso per cápita a 26.000 dólares (2013), bajaron el desempleo a 3,4% (2014) y la economía alcanzó el 12° lugar en el mundo, por lo que la ONU, el Banco Mundial y el FMI calificaron a Corea como “país desarrollado”. Es la quinta nación que más invierte en l+D, sólo superada por los Estados Unidos, China, Japón y Alemania, aunque Corea tiene el porcentaje más alto de inversión privada: 75% (los Estados Unidos 62%, España 53%, la Argentina menos de 25%). En 2013 Corea encabezó el ranking de inversión en I+D en relación al PIB: 4,36% (la Unión Europea 4%, España 1,30%, la Argentina 0,58%).
Corea incrementó los institutos de ciencia y tecnología, con personal científico en I+D que alimenta una industria de altas tecnologías y logra más de 100.000 patentes/año, cantidad sólo inferior a la de Japón y los Estados Unidos. Toda América latina registra unas 1.500 patentes/año, España promedia las 2.500 y la Argentina, 250. Otra medida del desarrollo.
Para Corea el motor de su transformación fue la educación, a la que destina el 7% de su PIB. El índice de alfabetización llega al 95% y las pruebas PISA de calidad educativa la ubican en los primeros puestos desde hace varios años.
© Criterio, 2015

China superó a Japón

Arturo Prins 
Director Ejecutivo de la Fundación Sales

Cuando se leen los temas que tratan los economistas chinos y los objetivos de su país, y se los compara con nuestros discursos, se entiende por qué China pasó a ser la segunda economía del mundo y nosotros descendimos tan abajo.
Cai Fang, economista de la Academia de Ciencias Sociales de China, decía: “Es necesario dejar que las grandes ideas fluyan para impulsar el crecimiento”. Bai Chong-en, también economista de la Universidad de Tsinghua, afirmaba: “En la innovación se dan hallazgos inesperados. Se necesitan muchos participantes pues sólo una de mil ideas logra éxito.” Justin Yifu Lin, ex economista jefe del Banco Mundial, profesor de la Universidad de Beijing, indicaba que China podía seguir creciendo imitando las tecnologías occidentales pero produciéndolas mejor a un costo menor.

Innovación, tecnologías, conocimientos, conceptos ausentes entre nosotros, apenas visibles en el nombre de nuestro Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva.

El dinamismo manufacturero de China hizo que el presidente Xi Jinping anunciara el cambio del modelo Made in China por el de Designed in China. O sea pasar de una producción a escala con mano de obra barata, a otra de más capital, creación y alta tecnología. Así lanzó una campaña para atraer cerebros “fugados” y dos mil profesionales “expertos globales” en ciencia y educación especialmente, sabiendo que irán a un país exótico, con problemas de contaminación y barreras idiomáticas. El objetivo es que “el país pase de ser un manufacturero de cantidad a otro de calidad”, decía el primer ministro Li Keqiang a la Asamblea del Pueblo, al presentar el plan en marzo pasado. Afirmó: “Buscaremos el desarrollo impulsado por la innovación con tecnología inteligente.”

Ya hacía décadas que China venía aplicando estas políticas, a través de sus ministros de ciencia y tecnología, en exploración espacial, supercomputadoras y tecnología militar. Ahora desean impulsar la biotecnología, energías alternativas y otras áreas. En industria automotriz, el Chery TX recibió en 2013 el premio al “Mejor Auto Concepto del Año”, en la feria de Ginebra. Alibaba es una de las empresas electrónicas más rentables del mundo, y Tencent o Huawei marcan tendencias tecnológicas y de telecomunicaciones.
China ya es el segundo país que más invierte en Investigación y Desarrollo (I+D), habiendo desplazado de ese lugar a Japón, también tercera economía mundial. Según la OCDE (Organización para el Crecimiento y Desarrollo Económicos), entre 2008 y 2012 China duplicó la inversión en I+D y se propone ser primer inversor en 2019. Estados Unidos lo es con US$ 344 mil millones, seguida de China con US$ 223 mil millones y Japón con US$ 115 mil millones, valores expresados por paridad de poder adquisitivo, el sistema más adecuado para medir inversiones.

China basa su desarrollo en la investigación, con 3,2 millones de científicos que aumentan de manera impresionante su producción, medida por las publicaciones que crecen año a año según Science Citation Index. Si bien el ingreso per cápita chino es semejante al de países en vías de desarrollo, su inversión en I+D es comparable a la de las naciones más avanzadas. Así el crecimiento y la industrialización sacó de la pobreza a 500 millones de chinos. Su PBI (2013) fue de US$ 9,2 billones; el de los Estados Unidos de US$ 16,8 billones; los dos más altos del mundo. Claro, hay que decirlo, ambos son los que más invierten en investigación y tecnología militar para la guerra y la defensa.

Revista Criterio, Julio de 2015

Corea, el Milagro del Río Han

Arturo Prins 
Director Ejecutivo de la Fundación Sales

En los años ´60 Corea del Sur era uno de los países más pobres del mundo. Con una economía agraria, en un pequeño territorio (93.600 km2) tras la división sufrida por la Guerra de Corea (1950) y con pocos recursos naturales, tenía un ingreso per cápita de apenas 150 dólares.

Desde 1975 implementó una transformación que logró un crecimiento tan espectacular, que fue denominado el “Milagro del Río Han”, afluente que atraviesa Seúl. Fue el resultado de una gran inversión en Investigación y Desarrollo (I+D), especialmente del sector privado, que incrementó el número de científicos que aportaron innovaciones y tecnologías a una industria incipiente. Corea sorteó así la crisis asiática de 1997. El economista español Javier Santiso, vicepresidente de ESADEgeo, lo explica en un reciente artículo en El País (18/2/15) y pide al Gobierno que siga el ejemplo coreano para superar la crisis. Transcribo sus conceptos más interesantes:
“En 1960 Corea del Sur era más pobre que España (…) El año pasado, en 2014, Corea ya superó a España en el ranking mundial del PIB. (…) Corea padeció un infarto masivo, un derrame cerebral, que casi se lleva la economía por delante, la Bolsa y la vida. Nosotros lo vivimos en 2008, ellos en 1998 (...) Es interesante aprender lo que ellos hicieron entre 1988-2003, y lo que nosotros hicimos entre 2008-13. (…) La goleada es rotunda, como la final de Alemania y Brasil del último Mundial (7 a 1). Nos podremos consolar por tener una selección que ganó un Mundial (Corea no) y ostentar dos de los mejores clubes de fútbol del mundo (Corea no tiene ninguno). Pero en la liga económica, en innovación, educación, digitalización, internacionalización, Corea nos golea (…) Ellos, en medio del infarto, subieron la dosis de educación e innovación; nosotros la recortamos. (…) aumentaron más de un 50% la inversión en I+D entre 1998-2003 (…) nosotros la bajamos casi un 10%. (…) Habría que combinar nuestra alegría y don para la felicidad –en esto estamos en la primera liga mundial– con más pujanza en innovación y tecnología. (…) En vez de empeñarnos en atraer casinos deberíamos esforzarnos por atraer industrias (…) Seríamos entonces un país verdaderamente único: competitivos como el surcoreano, innovadores como el israelí y felices como el español.”

Efectivamente, las políticas coreanas llevaron el ingreso per cápita a 26.000 dólares (2013), bajaron el desempleo a 3,4% (2014) y la economía alcanzó el 12° lugar en el mundo, por lo que la ONU, el Banco Mundial y el FMI calificaron a Corea como “país desarrollado”. Es la quinta nación que más invierte en l+D, sólo superada por los Estados Unidos, China, Japón y Alemania, aunque Corea tiene el porcentaje más alto de inversión privada: 75% (los Estados Unidos 62%, España 53%, la Argentina menos de 25%). En 2013 Corea encabezó el ranking de inversión en I+D en relación al PIB: 4,36% (la Unión Europea 4%, España 1,30%, la Argentina 0,58%).

Corea incrementó los institutos de ciencia y tecnología, con personal científico en I+D que alimenta una industria de altas tecnologías y logra más de 100.000 patentes/año, cantidad sólo inferior a la de Japón y los Estados Unidos. Toda América Latina registra unas 1.500 patentes/año, España promedia las 2.500 y la Argentina, 250. Otra medida del desarrollo.

Para Corea el motor de su transformación fue la educación, a la que destina el 7% de su PIB. El índice de alfabetización llega al 95% y las pruebas PISA de calidad educativa la ubican en los primeros puestos desde hace varios años.

Revista Criterio, Julio de 2015

Israel, de los primeros y ante un serio riesgo

Arturo Prins

Israel es uno de los países del mundo que más invierte en I+D (Investigación y Desarrollo) en relación al PBI: 4,25%. Los Estados Unidos, China y Japón aportan el 2,79%, 1,94% y 3,35%, respectivamente, pero destinan más fondos pues sus PBI son mayores.
Israel tiene profesionales muy calificados y cuenta con la mayor concentración de ingenieros del mundo (135 por cada 10 mil habitantes). El gobierno promueve la actividad empresaria y la inversión extranjera, de la que el 7% se destina a I+D. El inversor del exterior tiene libertad de establecerse, excepto en las industrias de defensa y telecomunicaciones; puede adquirir tierras e inmuebles; se le indica que la posibilidad de expropiación es baja y que las compensaciones no son arbitrarias; hay incentivos y créditos en especial para quienes invierten en I+D y altas tecnologías.
Así, Apple abrió al norte de Tel Aviv su segundo centro de I+D fuera de los Estados Unidos –tiene otro en Japón– con cientos de ingenieros. Tim Cook, director ejecutivo de la empresa, les decía: “Apple está en Israel porque aquí el talento en ingeniería es increíble. Son notablemente importantes para lo que hacemos y creamos”. I+D e innovación son los principales motores del crecimiento de Apple. En 2013 ocupaba el puesto 46 en el ranking mundial de inversión empresaria en I+D; este año ascenderá a los primeros lugares pues en el primer trimestre invirtió dos mil millones de dólares y estima llegar a ocho mil millones a fin de año (33% más que en 2014). La inversión anual en I+D de la Argentina (gobierno y empresas) es menor que la de Apple, teniendo nuestro país muy bajo número de ingenieros. El diputado Alberto Asseff (UNIR) acaba de presentar un proyecto de ley para promover los estudios en todas las ingenierías y así ayudar a implementar una economía del conocimiento, dice en los fundamentos.
Israel es, además, el segundo país del mundo en cuanto a disponibilidad de capitales de riesgo (venture capital) que se aplican a empresas innovadoras de base tecnológica o startups, que surgen de las llamadas “incubadoras”. En 2013 nacían en Israel dos startups por día, con la consiguiente generación de empleo, con “dineros semilla” de entre 200 mil y un millón de dólares que recibía cada empresa.
El estudioso español Javier Megias se preguntaba de dónde provenía tal capacidad inversora. No lo convencía la respuesta de que “los judíos tienen mucho dinero”. Visitó Israel y entrevistó al padre del venture capital y de las “incubadoras”, Yigal Erlich, que explicó cómo el gobierno diseñó en 1992 un inteligente programa con fondos públicos y privados, más aportes extranjeros, que permitieron la creación de cinco mil startups con una inversión de 26 billones de dólares. El programa generó una fuerte industria del venture capital y fue imitado por países innovadores como Corea, Taiwán, Australia y otros. Megias concluyó que no había una única respuesta para comprender este hecho, aunque no dudó de que la Yozma (“iniciativa” en hebreo) había sido determinante.
Pero Israel tiene un serio riesgo. Según un reciente informe de la ONU, la guerra contra Gaza en julio de 2014 y el consecuente boicot internacional, hizo caer la inversión extranjera: en 2013 los flujos aumentaron 48% (11.800 millones de dólares) mientras que en 2014 cayeron 46% (6.400 millones). En 55 días de guerra murieron 2.130 palestinos, incluyendo mujeres y niños; hubo 11 mil heridos y medio millón de habitantes de Gaza fueron desplazados por los bombardeos. La economía, así, no se desvincula de la política.
Criterio, 2015

Japón, un caso singular

Arturo Prins 
Director Ejecutivo de la Fundación Sales

La aplicación que hizo Japón de la economía del conocimiento tras su destrucción en la Segunda Guerra, fue notable. No asombra el resurgimiento de Alemania, Italia, Francia o Inglaterra, que por su larga tradición cultural que condujo a la investigación científico-técnica aplicada a la industria, la guerra fue sólo una interrupción.
Japón, nación oriental, tenía raíces distintas. Hasta mediados del siglo XIX era un país feudal, primitivo en su desarrollo, aislado y sin comercio internacional.

El emperador Mutsuhito, que adoptó el título de Meiji (Gobierno ilustrado), sentó desde 1868 las bases del moderno desarrollo nipón. Hasta entonces la economía japonesa era mayormente agraria. Meiji impulsó la búsqueda del conocimiento y el saber de occidente para lograr una rápida industrialización, fijó la educación obligatoria, bajó el analfabetismo y creó la primera universidad técnico-científica (1871). Europa tenía universidades e investigación desde hacía siglos.

Apenas se cumplían siete décadas del paso de una sociedad feudal a un Estado moderno, cuando las bombas de Hiroshima y Nagasaki convirtieron a Japón en ruinas, con sus habitantes deambulando sin futuro, con desempleo e inflación. El país insular tenía pocos recursos naturales en una pequeña superficie (368.589 km2) con una densidad de población muy alta.

¿Cómo pudo entonces llegar a exportar altas tecnologías que no poseía ni lejanamente en 1945? ¿Cómo logró ser la segunda economía y potencia industrial del mundo? El hecho reconoce dos etapas:
En la primera, predominó la absorción de tecnologías de países avanzados, por compra o arrendamiento de patentes extranjeras y la capacitación de miles de estudiantes becados a universidades y centros de enseñanza industrial de los Estados Unidos y Europa. En los primeros 15 años de reconstrucción, los japoneses tomaron información científico-técnica de todo el mundo; la grabaron, fotografiaron y filmaron inspirados en un decreto del emperador Meiji que estableció que Japón tomaría el conocimiento de donde lo hallare, vinculándose a importantes centros culturales.

En la segunda etapa, los centros de investigación alimentados por conocimientos del exterior y por japoneses doctorados en renombradas universidades, elaboraron tecnologías propias en la industria automotriz, relojera, fotográfica, electrónica, de microprocesadores e informática. Por sus diseños, calidad y bajos costos Japón compitió con naciones altamente industrializadas.

Tal desarrollo se logró en pocas décadas debido al aliento a la inteligencia científica y a la iniciativa privada, sin buscar la reconstrucción a través de empresas estatales. La producción industrial despuntó en 1954 duplicándose entre 1965-74. En la década del 60 el PBI de Japón crecía a un ritmo del 11% anual, frente al 4% de los Estados Unidos; en 1970 llegó a ser el segundo más alto de los países capitalistas.

En los años 80 el país invertía en Investigación y Desarrollo (I+D) casi el mismo porcentaje de su PBI que los Estados Unidos, tenía 550.000 científicos y sus empresas, universidades e institutos financiaban investigaciones básicas, aplicadas y desarrollos experimentales, claves en la economía del conocimiento.

Otro país oriental, China, pasó a ser recientemente segunda economía mundial, por la magnitud de su inversión en I+D que se duplicó entre 2008-12. Esta inversión es también la segunda en el mundo, detrás de la de los Estados Unidos, hecho que comentaremos en un próximo artículo.

Revista Criterio, Abril de 2015

Seria advertencia del Banco Mundial

Por Arturo Prins

Un informe alarmante del Banco Mundial –El emprendimiento en América Latina: muchas empresas y poca innovación– describe un hecho que, de no modificarse, amenaza el futuro de la región. El documento, explicado en estos días por el economista jefe para América latina y el Caribe (ALC) de dicho Banco, Augusto de la Torre, señala que la situación afecta seriamente las exportaciones y el crecimiento económico. ¿Cómo se explica esto?
Del informe se desprende que la región carece de una economía que exporte nuevas tecnologías, productos manufacturados, alto valor agregado. Vende mayormente materias primas con poca innovación. Por varias razones sus habituales importadores redujeron las demandas –el crecimiento económico de China bajó, la crisis en los Estados Unidos limitó compras, etc.–, por lo que los precios de las materias primas declinaron. Así el PBI de América latina y el Caribe, que venía creciendo, declinó del 6 al 2,5% en el último año medido. El economista de la Torre indicó que la región “ya no puede contar con el exterior para crecer y, como carece de herramientas alternativas, mantendrá la desaceleración económica si no realiza reformas”.
El Banco Mundial señala que la región introduce productos nuevos a un ritmo menor que otras regiones en desarrollo, e invierte muy poco en I+D (Investigación y Desarrollo). Las empresas multinacionales chinas aportan a I+D 34 veces más que las multinacionales latinoamericanas, a excepción de Brasil, y las multinacionales de los países más desarrollados 40 veces más. Por eso “América latina y el Caribe están en la cola de la innovación”.
José Miguel Benavente, especialista en innovación y competitividad del BID, explica que la región se conforma con exportar su riqueza autóctona sin transformarla y no se preocupa por hacer otro tipo de productos innovadores para exportar; es su mayor riego. Señala el escaso capital humano cualificado, aun entre los dueños de empresas. En ese sentido, el informe del Banco Mundial indica que si bien tienen empresarios transformadores, no logran insertarse en las grandes empresas debido a la pobreza de la región; trabajan en forma autónoma sin generar valor agregado. Las empresas de cualquier tamaño son más pequeñas que las de otras regiones, y las más grandes no crean empleo como en los países avanzados; las de 40 años de antigüedad empiezan a destruir empleo, retroceden. Las empresas medianas, a los 40 años de vida, emplean a 110 personas promedio; las de Asia oriental a casi 170; las de Europa oriental a 220 y las de países desarrollados a 250.
El panorama es desolador si se tiene en cuenta que la dirigencia política de América latina y el Caribe no comprende el problema ni adopta estrategias para implementar la economía del conocimiento, con la que países asiáticos muy pobres y otros salieron adelante. Miremos a la Argentina, la que más Premios Nobel en ciencias tuvo en Iberoamérica, con universitarios y economistas destacados, tampoco comprende el problema. Andrés Oppenheimer, periodista y autor de libros sobre el tema, escribió recientemente: “América del Sur se quedó dormida mientras el mundo marchaba hacia la economía del conocimiento; los presidentes deberían cambiar de estrategia económica y producir bienes de mayor valor agregado; lamentablemente siguen hablando del pasado, ajenos al mundo que se viene”.
Hay una excepción: Brasil, al que nos referiremos en un próximo artículo, y Bolivia –sí, Bolivia, uno de los países más pobres de la región– que ha expresado una decisión política-económica que también comentaremos.
© Criterio, 2015