Lic. Arturo Prins

Lic. Arturo Prins
Lic. Arturo Prins

Hacia una vacuna contra el cáncer

La Fundación SALES, creada hace 38 años, sostiene investigaciones del cáncer realizadas en institutos fundados por nuestros Premios Nobel Bernardo Houssay y Luis F. Leloir.
Fundación SALES financia tres proyectos de I+D contra el cáncer, en acuerdos con el CONICET, con quien comparte la titularidad de 39 patentes. El proyecto más avanzado es el que dirige el doctor José Mordoh, en la Fundación Instituto Leloir, que desarrolla una vacuna terapéutica contra el melanoma (el más grave cáncer de piel) que está en su etapa final de experimentación clínica, con 108 pacientes tratados. Este cáncer no tiene aún una medicina eficaz.
Es la primera vez en la Argentina que una fundación financia todas las etapas de un desarrollo contra el cáncer, a punto de concluir, para lograr una medicina. A la fecha Fundación SALES aportó más US$ 3,2 millones. Es una investigación independiente; no fue financiada por laboratorios comerciales como es habitual. La Fundación SALES y el CONICET firmaron un Convenio con el Laboratorio Pablo Cassará de la Argentina para que produzca y distribuya la vacuna cuando sea aprobada por la ANMAT, organismo que autoriza los nuevos medicamentos.
Las fundaciones, como las universidades y el Estado, financian junto a empresas innovadoras procesos de I+D y obtienen beneficios económicos de los productos que se comercializan, que los vuelcan a sus investigaciones. En los países avanzados estas instituciones incrementan así sus presupuestos científicos. En la Argentina es más inusual.
© Criterio, 2014

Pampita y Rosita

El científico Lino Barañao, hoy ministro de Ciencia y Tecnología, protagonizó un hecho innovador de impacto mundial. Como químico y biólogo molecular del Instituto de Biología y Medicina Experimental, que fundó nuestro Premio Nobel Bernardo Houssay, participó de una aventura en la que pocos creían: lograr una vaca clonada y transgénica que produjera en su leche hormonas de crecimiento humanas que combaten enfermedades. Sidus, tradicional laboratorio farmacéutico argentino, a través de su empresa de biotecnología BioSidus, le propuso el desafío.
Tras un innovador trabajo científico-empresario, en 2002 se anunció que la Argentina era uno de los pocos países que había logrado su primera vaca clonada, “Pampita”, de alto valor económico. Hoy dichas hormonas se producen en un gran fermentador que logra cantidades muy pequeñas por mes de proteínas de valor medicinal. “Pampa Mansa”, otra vaca clonada, puede producir tres kilos mensuales de hormonas de crecimiento humanas; con el 10% de su leche cubriría la demanda argentina y con 20 vacas la de todo el mundo. Cuando se apruebe el uso en humanos de estas hormonas, BioSidus podrá fabricarlas con una ventaja: nuestras vacas se alimentan de pasto, sin suplementos de origen animal que causen situaciones como el “mal de la vaca loca”, por lo que dichas hormonas serán valiosas.
Hace tres años nació “Rosita”, productora en su leche de las proteínas humanas Lactoferrina y Lisozima, que permitieron que investigadores del Instituto Tecnológico de Chascomús (INTECH) y de la Universidad de San Martín obtuvieran la primera leche “maternizada”. En 2010 se clonó el caballo “Ñandubay Bicentenario” con la información genética de un caballo de raza. El país está a la vanguardia de estos desarrollos.
© Criterio, 2014

Techint, primera en I+D

Techint fue creada en 1945 por Agostino Rocca. Tras su muerte en 1978, lo sucedió su hijo Roberto, que decidió impulsar investigaciones en tecnología de punta. Así la empresa multiplicó diez veces su producción y se convirtió en una multinacional con filiales en Brasil, Venezuela, Canadá, Italia y Japón. Es líder mundial en la producción de tubos sin costura para transportar gas y petróleo, fabricados por Tenaris, empresa del grupo.
Techint es número uno del país en innovación, competitividad, patentes e inversiones en I+D. En 1978 tenía 15 mil empleados y hoy son 59.400. Sus ingresos anuales alcanzan los US$ 25.400 millones. Tiene centros de I+D en la Argentina, México, Italia, Japón y desde este año en Brasil: más de 200 científicos e ingenieros exploran los límites de la ciencia de los materiales, metalurgia avanzada, ensayos de corrosión, tecnología de soldadura y últimamente nanotecnología. En 2012 invirtió en investigación US$ 83 millones y el año pasado US$ 106 millones.
Su planta de Campana tiene alta tecnología y es de las más eficientes del mundo. Fabrica 900 mil toneladas de tubos sin costura y en otros puntos del país 430 mil toneladas más, junto a materiales para el mercado energético, automotriz y de agro-industria. Exporta más del 70% de su fabricación de alto valor agregado.
© Criterio, 2014

Una excepción: maquinaria agrícola

Un estudio del BID (2009) señalaba la baja innovación de la industria argentina y el retraso en inversiones de I+D pero rescataba dos excepciones: la industria de la maquinaria agrícola y la de agro-biotecnología.
En cuanto a la primera, transformó a Las Parejas (Santa Fe) en la ciudad más industrializada del país en relación al número de habitantes. Una industria que en los años ‘20 era innovadora decayó hasta que supo responder a las exigencias del campo cuando adoptó la siembra directa y la agricultura de precisión. Con tecnología propia, la Argentina pasó a ser líder mundial en siembra directa, con el mayor rendimiento de soja al menor costo.
Nuestra maquinaria interesó al mundo: si en 2002 sólo 20 empresas exportaban US$ 10 millones, en 2013 más de 100 vendieron por US$ 250 millones (+2400%). Somos también líderes en la fabricación de maquinaria para siembra directa y producimos tolvas y embutidoras extractoras de altísima calidad.
Este impulso innovador lo coordinó la Fundación Cideter (Centro de Investigación y Desarrollo Tecnológico Regional), creada en 2000 por las propias empresas de Santa Fe y Córdoba: 340 fábricas de maquinaria agrícola y 382 agropartistas, es decir, 722 empresas que dan trabajo a 60 mil personas. La Fundación se propuso que las exportaciones llegaran al 20% de las ventas. En 2008 se había superado el 14% y en 2013 se alcanzó el 25%.
El Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva dio subsidios y créditos a más de 200 empresas innovadoras y creó un moderno centro científico con el gobierno de Santa Fe y las empresas, en un predio donado por el municipio de Las Parejas, donde los conocimientos se transfieren a la industria.
Otro hecho innovador es la exportación de maquinaria agrícola al continente africano, que posee grandes extensiones de tierras potencialmente cultivables que podrían mejorar su producción con estas tecnologías. Los cultivos en África son similares a los de la Argentina (soja, maíz, sorgo y girasol). Con la coordinación de la Fundación Cideter y de la Embajada argentina en Sudáfrica, se acordó asistir a este país en siembra directa y mejoramiento de la productividad con nuestra maquinaria. Todos los años la industria expone su parque tecnológico en Las Parejas, con asistencia de agricultores de unos 50 países como los Estados Unidos, Alemania, Australia, Rusia, Sudáfrica, Brasil, México y otros.
© Criterio, 2014

Japón, un caso singular

Arturo Prins

La aplicación que hizo Japón de la economía del conocimiento tras su destrucción en la Segunda Guerra, fue notable. No asombra el resurgimiento de Alemania, Italia, Francia o Inglaterra, para las que la guerra fue sólo una interrupción, dada su larga tradición cultural que condujo a la investigación científico-técnica aplicada a la industria.
Japón, nación oriental, tenía raíces distintas. Hasta mediados del siglo XIX era un país feudal, primitivo en su desarrollo, aislado y sin comercio internacional.

El emperador Mutsuhito, que adoptó el título de Meiji (Gobierno ilustrado), sentó desde 1868 las bases del moderno desarrollo nipón. Hasta entonces la economía japonesa era mayormente agraria. Meiji impulsó la búsqueda del conocimiento y el saber de Occidente para lograr una rápida industrialización, fijó la educación obligatoria, bajó el analfabetismo y creó la primera universidad técnico-científica (1871). Europa tenía universidades e investigación desde hacía siglos.
Apenas se cumplían siete décadas del paso de una sociedad feudal a un Estado moderno, cuando las bombas de Hiroshima y Nagasaki convirtieron a Japón en ruinas, con sus habitantes deambulando sin futuro, con desempleo e inflación. El país insular tenía pocos recursos naturales en una pequeña superficie (368.589 km2) con una densidad de población muy alta.
¿Cómo pudo entonces llegar a exportar altas tecnologías que no poseía ni lejanamente en 1945? ¿Cómo logró ser la segunda economía y potencia industrial del mundo? El hecho reconoce dos etapas: en la primera, predominó la absorción de tecnologías de países avanzados, por compra o arrendamiento de patentes extranjeras y la capacitación de miles de estudiantes becados a universidades y centros de enseñanza industrial de los Estados Unidos y Europa. En los primeros 15 años de reconstrucción, los japoneses tomaron información científico-técnica de todo el mundo; la grabaron, fotografiaron y filmaron inspirados en un decreto del emperador Meiji que estableció que Japón tomaría el conocimiento donde lo hallare, vinculándose a importantes centros culturales.
En la segunda etapa, los centros de investigación alimentados por conocimientos del exterior y por japoneses doctorados en renombradas universidades, elaboraron tecnologías propias en la industria automotriz, relojera, fotográfica, electrónica, de microprocesadores e informática. Por sus diseños, calidad y bajos costos Japón compitió con naciones altamente industrializadas.
Tal desarrollo se logró en pocas décadas debido al aliento a la inteligencia científica y a la iniciativa privada, sin buscar la reconstrucción a través de empresas estatales. La producción industrial despuntó en 1954 duplicándose entre 1965-74. En la década del 60 el PBI de Japón crecía a un ritmo del 11% anual, frente al 4% de los Estados Unidos; en 1970 llegó a ser el segundo más alto de los países capitalistas.
En los años 80 el país invertía en Investigación y Desarrollo (I+D) casi el mismo porcentaje de su PBI que los Estados Unidos, tenía 550.000 científicos y sus empresas, universidades e institutos financiaban investigaciones básicas, aplicadas y desarrollos experimentales, claves en la economía del conocimiento.
Otro país oriental, China, pasó a ser recientemente segunda economía mundial, por la magnitud de su inversión en I+D que se duplicó entre 2008-12. Esta inversión es también la segunda en el mundo, detrás de la de los Estados Unidos, hecho que comentaremos en una próxima entrega.
© Criterio, 2014