Lic. Arturo Prins

Lic. Arturo Prins
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Cómo perdemos la mejor cosecha

Por Arturo Prins

Muy alentadora y necesaria fue la decisión oficial de incrementar los fondos para ciencia y técnica, y de aumentar gradualmente el presupuesto del sector para llegar al 1% del PBI en 2006. Ansiada meta, que en América latina sólo alcanzó Brasil en 2002 y que se considera el punto de partida hacia el desarrollo.

En la mencionada decisión oficial llama la atención la ausencia del aporte privado. En los países avanzados la industria es el motor del crecimiento económico y social, pues financia la mayor parte de los recursos para ciencia y técnica: entre el 55 y el 75 %. Nuestra industria sólo aporta el 20%, mientras Brasil ya superó el 40. ¿Por qué?

En la Argentina y en todo el mundo, la economía agraria se completa cuando cierra el ciclo de siembra, cultivo y comercialización de la cosecha. Pero en la economía del conocimiento no obramos así: invertimos en educación primaria y secundaria, donde el saber se siembra; invertimos en universidades y centros científicos, donde el saber se cultiva y desarrolla. Pero la cosecha, la perdemos. Veamos:

Cada año 350.000 jóvenes egresan de los colegios secundarios. En economía agraria diríamos: una buena siembra. Los jóvenes ingresan luego en universidades e institutos terciarios, donde cultivan y desarrollan el saber sembrado. Cada año se gradúan 35.000 universitarios, de los cuales una parte se dedica a la investigación o generación de conocimientos. Es el tramo más valioso, sobre el que los países inteligentes prestan la mayor atención pues aquí se cosecha el conocimiento que la industria incorpora y exporta.

En nuestro país, el eslabón que debería unir conocimiento e industria está roto. Cuando los científicos producen conocimientos, éstos no se recogen. O, lo que es peor, los cosechan otros que después nos los venden. Aquí está nuestro déficit: importamos tecnologías de alto valor que muchas veces podríamos desarrollar y exportar. Esto ocurre porque ignoramos los procesos de la economía del conocimiento.

Sin crédito ni patentes

Tenemos unas 900.000 empresas, de las que sólo 12.000 exportan; la mayor parte esporádicamente y muy pocas con alto valor agregado. Sin embargo disponemos de capacidad científica relativamente alta. Pero nuestras empresas son poco innovadoras, no incorporan conocimiento; aunque -es cierto- cuando quieren hacerlo no logran financiamiento.

Los bancos no dan créditos para I+D (investigación y desarrollo). Sólo la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva los otorga, a través del Fontar (Fondo Tecnológico Argentino). Pero la demanda no es grande. Un estudio de la OCDE (Organización para la Cooperación en Desarrollo Económico) muestra a la Argentina, entre los países con competitividad más negativa en sus industrias. Esto empobrece a la ciencia y al país, que ya expulsó 22.000 investigadores y lo seguirá haciendo con los 26.000 que quedan, si esto no revierte y el sector productivo no toma la delantera.

Por emplear una metáfora: en esta gran estancia que es la ciencia argentina, casi la mitad de los que cosechan -educados en la escuela y la universidad- trabajan en los campos vecinos. Y los que quedan amontonan las cosechas, que finalmente también se llevan los vecinos. Porque el otro desatino es que la Argentina pierde sus conocimientos, porque en general los publica sin patentarlos. En Estados Unidos, la plaza más fuerte, los norteamericanos presentan 165.000 solicitudes de patentes por año; el resto del mundo 131.000 y nosotros apenas 100; en Europa, la otra plaza importante, presentamos sólo unas 25 solicitudes anuales.

Un estudio revelador

Un reciente estudio midió el impacto de los créditos Fontar, en un período de alta recesión y crisis (1997-2001). Se comprobó que la facturación promedio de 15 pymes innovadoras creció 18 puntos y generó nuevos puestos de trabajo. El resto de las empresas, a escala nacional, bajó su facturación 25 puntos. El Estado ganó: las 15 pymes aportaron un plus por IVA de 12 millones de pesos, habiendo recibido créditos por 7,6 millones y realizado una inversión adicional de 8,3 millones.

Otros nueve proyectos innovadores, durante el mismo período de recesión, arrojaron resultados sorprendentes: las pymes que los desarrollaron con créditos Fontar, elevaron sus ventas un 46%, con un pico del 73% en el tercer año, mientras el resto de las empresas comparadas bajaba un 25% las ventas.

El estudio demuestra claramente que el conocimiento genera valor agregado y crecimiento. E indica que la inversión en ciencia no es toda para el largo plazo ni deberá realizarse cuando seamos ricos. Houssay repetía: “Los países son ricos porque investigan y no es que investigan porque son ricos”.

Como un aporte para vincular el conocimiento con la producción, la Fundación Sales propuso, con economistas de la UCA y estudiosos del Grupo Redes, la creación de un fondo fiduciario financiero que cotice en bolsa, con 380 millones de pesos para créditos en I+D, provenientes del 1% del servicio de la deuda, que nuestro presupuesto preveía pagar (www.sales.org.ar/economia/economia.htm). Esto conviene a los acreedores y dispara una inversión privada inicial de 200 millones de pesos. La idea se incorporó al Plan Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva 2004. Queda ahora la decisión política de implementarla.

De ser así, la ciencia dejará de ser subsidiada por el Estado con alicaídos presupuestos y se integrará en una política de crecimiento. Devendrá una nueva cultura de inversión en nuestro mercado de valores, que agregará a la economía del capital y del trabajo la fuerza de la educación y de la investigación. Será un despertar para las empresas, que verán en la inteligencia científica el mayor valor. Así, no perderemos la mejor cosecha y muchos de nuestros problemas se resolverán.

© La Nación, octubre 29, 2003

No sigamos haciendo lo mismo


Por Arturo Prins

A fines del siglo XIX, la generación del 80 planificó una política agroexportadora que ubicó a la Argentina entre los primeros países del mundo. Eran los tiempos del centenario.

Mientras disfrutábamos de nuestra condición de granero del mundo, entre las dos guerras, varios países capitalistas y la Unión Soviética desarrollaron una nueva forma de economía que incorporaba el conocimiento en la producción. Nuestro premio Nobel Bernardo Houssay advertía: “Los países latinoamericanos son aún atrasados en este terreno” (1934).

Tras la Segunda Guerra, aquellos países vendían tecnologías de alto valor agregado, que les producían crecimientos asombrosos. La Argentina, detenida en su belle époque , mostraba en los manuales escolares que en su extenso y rico territorio cabía toda Europa. El país centro del mundo mereció la crítica de Houssay: “No debemos vivir en el error absurdo y dañino de seguir creyendo que somos el granero del mundo, que nuestras tierras son inagotables, que los europeos se morirían de hambre sin nosotros. Sin un rápido desarrollo científico, viviremos pobres” (1960).

Nadie lo escuchó, y la falta de crecimiento hizo crónicos nuestros déficit, que cubrimos con emisión monetaria y préstamos. Consecuencias: hiperinflación y default, que provocaron la caída de tres gobiernos. Houssay ya no vivía, pero sus palabras adquirían vigencia: “La Argentina era un exportador de productos agropecuarios, y eso nos traía riqueza. Ahora exportamos científicos, lo que nos empobrece” (1966).

Si una nueva generación nos gobierna, esta realidad no debería soslayarse. Sin embargo, los discursos no expresan que el conocimiento vaya a ser motor de la economía, ni se observan caminos de crecimiento para salir de la crisis. El objetivo de duplicar la riqueza cada quince años es insuficiente para afrontar nuestra inmensa deuda y mejorar la educación, la salud pública, la seguridad y el desarrollo social.

Lecciones de Asia y Europa

Los cuatro “tigres asiáticos” (Corea del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwan), que estaban entre los países más débiles, cuadruplicaron sus riquezas en quince años, tras una audaz apuesta por el conocimiento. Corea fue notable: sin recursos naturales, pasó de un ingreso per cápita de 155 dólares (1960) a ser la undécima economía del mundo y el decimotercer exportador.

El economista Jeffrey Sachs decía en un reciente reportaje en LA NACION: “Entendí mejor a América Latina cuando la comparé con Asia, más decidida al desarrollo de la ciencia y al impulso de la educación”. Y se preguntaba: “¿Entenderán los líderes políticos argentinos que necesitan desarrollar una nueva economía internacionalmente competitiva, una economía del conocimiento?”

Hace unas décadas, ocho de cada diez personas de extrema pobreza eran asiáticas. En 25 años, 460 millones de asiáticos superaron la miseria, y hacia 2015 la pobreza disminuirá un 60%, mientras que en América Latina y en Africa crecerá un 60%. Finlandia e Irlanda tuvieron crisis como la nuestra y decidieron invertir en investigación y desarrollo (I+D): los finlandeses lograron uno de los ingresos per cápita más altos (24.000 dólares) y desplazaron a Estados Unidos del ranking de los más competitivos. Los irlandeses crecieron en el último quinquenio a un promedio del diez por ciento anual, mientras que la Argentina decreció el uno por ciento. Noruega y España transitan por caminos semejantes y Suecia es el país del mundo que más invierte en I+D con relación a su PBI: casi el cuatro por ciento. Mientras que países de Asia cuadruplicaron su crecimiento en 15 años, nosotros sólo lo hicimos en 52 años (1950-2001), a pesar de ser el único país iberoamericano con tres premios Nobel en ciencias y de tener científicos muy requeridos. Un estudio indica que nuestro país “es el que más científicos de alto rango pierde en el mundo”: casi un 50% emigró.

Llamamos la atención de todos: nunca estuvimos entre los países más pobres, nuestro ingreso per cápita es de casi 3000 dólares y tenemos grandes capitales en el exterior. Pero discutimos sobre modelos a los que acusamos de cuanto nos sucede, cuando en realidad tuvimos un solo y único modelo: el que le dio la espalda al conocimiento.

La obra pública del new deal norteamericano fue un punto de partida. El gran crecimiento de Estados Unidos se dio cuando la ciencia y la técnica se aplicaron en todas sus actividades. Si la Argentina sólo exporta un siete por ciento de valor agregado, no puede crecer más de lo que venía creciendo. Lo decía Einstein: “Es una locura seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes”.

Una propuesta innovadora

La Fundación Sales convocó a economistas de la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas (UCA) y a estudiosos del Grupo Redes para realizar una propuesta de cambio que permita establecer una economía del conocimiento para crecer.

A partir de un acuerdo con nuestros acreedores, se propone destinar una fracción de los intereses de la deuda a un fideicomiso, para financiar fuertemente la I+D del sector privado y atraer nuestros capitales fugados para invertir en conocimiento. Los beneficios posibilitan un crecimiento tal que la relación entre el monto de la deuda y nuestro PBI se normalizaría en un tiempo razonable.

El momento es oportuno si, como parece, nos encaminamos hacia un Estado de derecho. Hasta leemos en estos días que retornó un tercio de los capitales fugados últimamente. Sólo falta aprovechar la inteligencia que expulsamos.

La propuesta está publicada ( www.sales.org.ar ) y puede ayudar a tomar una decisión: la de no seguir haciendo lo mismo.

© La Nación, junio 24, 2003